Al mismo tiempo que las tropas estadounidenses en Irak se replegaban a sus bases después de más de seis años patrullando las ciudades, 4.000 marines ultimaban los detalles para lanzar la 'Operación Khanjar' (golpe de espada) en la provincia afgana de Helmand. Los planes de Barack Obama van superando etapas y con el cierre progresivo de la campaña iraquí ha llegado el momento de acabar con «la mayor amenaza para la seguridad de Estados Unidos», como ha repetido el inquilino de la Casa Blanca en numerosas ocasiones.
Los mandos de la OTAN ya anunciaron con tiempo el inicio de una nueva campaña en el sur del país centroasiático. Y el despliegue masivo de los marines, respaldados por 650 soldados afganos, y que se unen a los otros 4.500 efectivos norteamericanos desplegados en la provincia en los últimos seis meses, supone el primer paso para intentar acabar con la insurgencia en una zona que las fuerzas internacionales nunca han podido controlar y que es el gran centro de producción de opio de Afganistán.
«Es una operación única por el gran número de tropas que participan y la velocidad a la que las hemos introducido. Y vamos allí para asentarnos», señaló el general de brigada Larry Nicholson. Pasada la una de la madrugada de ayer y a bordo de helicópteros y vehículos blindados, los marines llegaron a la localidad de Nawa, treinta kilómetros al sur de la capital, Lashkar Gah. Los mandos también destacaron que durante las primeras horas no habían tenido contacto con el enemigo. Ni lo encontrarán. Los británicos -responsables de la provincia durante los últimos tres años- lo saben muy bien. Los talibanes rara vez responden a una ofensiva de esta magnitud porque saben que no tienen ninguna posibilidad. Pero cuando se asienten las nuevas fuerzas y empiecen a intentar trabajar, entonces comenzará el rosario de bombas caseras, los atentados suicidas y las emboscadas, las tres mejores armas de la insurgencia que en lo que llevamos de año ya han acabado con la vida de 27 militares entre estadounidenses y británicos.
No obstante ayer los talibanes atentaron contra uno de los principales comandantes británicos destacados en Afganistán, el lugarteniente coronel Rupert Thorneloe, de 40 años. Una explosión bajo el vehículo blindado del comandante terminó con su vida y con la de otro soldado británico, cuando circulaban por una carretera de la provincia de Helmand, cerca de la localidad de Lashkar Gah, en el sur del país. El lugarteniente, que comandaba el Primer Batallón de los Guardas Galeses, es el militar británico de más alto rango que muere desde la invasión en 2001.
Llegar para quedarse
«Los marines fueron los responsables de poner fin a la resistencia en Faluya (Irak) y como fuerza de choque lo hicieron bien. Su problema llega cuando la operación se alarga y tienen que administrar el terreno ocupado; veremos si han aprendido para esta ocasión», comentaba una fuente del cuartel general de OTAN. «A donde vayamos, nos quedaremos, y donde nos quedemos trabajaremos para asegurar la zona antes de transferirla a las fuerzas de seguridad afganas», garantizó el general Nicholson para dejar claro que esta vez la tarea de 'limpieza' de elementos de la insurgencia vendrá acompañada de la ocupación del territorio, algo imposible para los británicos por la falta de efectivos.
Desde que comenzó el trasvase de tropas de Irak a Afganistán y especialmente tras el relevo en la cúpula militar americana, ahora en manos del general Stanley McChrystal, con experiencia al frente de las fuerzas especiales en el país del golfo Pérsico, en los círculos de OTAN de Kabul era un secreto a voces que los marines serían la primera opción para intentar atajar la situación de inseguridad en Afganistán. Así lo confesaban también distintos mandos estadounidenses el pasado mes de abril.
Estadounidenses y británicos forman un frente común desde el norte, que Pakistán tratará de reforzar desde el sur para de esta manera cortar la vía de salida a los insurgentes. El Ejército paquistaní, que mantiene una ofensiva abierta en los valles de Swat y en Waziristán del Sur, tendrá la difícil tarea de vigilar los 2.500 kilómetros de frontera entre los dos países, aunque se centrará especialmente en los pasos entre Helmand y Baluchistán, la salida natural de los insurgentes que intenten huir de los marines.
Para ello contará con la ayuda de los aviones no tripulados americanos y realizará «un reajuste», según el portavoz del Ejército, Athar Abbas, en un momento muy delicado teniendo en cuenta las dificultades a las que se enfrenta para doblegar a los talibanes dentro de su propio territorio.
Estados Unidos, al igual que el resto de países de la Alianza Atlántica, está reforzando su presencia en el país centroasiático de forma acelerada para intentar apuntalar la seguridad durante los comicios presidenciales de agosto y ya cuenta sobre el terreno con 57.000 efectivos. El objetivo del general McChrystal es elevar esa cifra hasta los 68.000 soldados para finales de año, con lo que se doblaría la presencia de fuerzas del Pentágono en tan sólo doce meses.