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CICLISMO | CARLOS SASTRE

La victoria en el último Tour le dio «la confianza que había buscado toda la vida» y ahora quiere repetir triunfo

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«Como buen sastre, tengo que hacer las cosas a mi medida»
Carlos Sastre está covencido de que gozará de posibilidades para hacer un gran Tour de Francia. / JOSÉ MARI LÓPEZ
A Carlos Sastre (Madrid, 34 años) le gustan las monjas. Son como él: no tienen prisa. Por eso lleva a un convento abulense cercano a su casa las fotografías de sus carreras. Las manos pacientes de las religiosas las encuadernan. Con mimo. A fuego lento. El ciclismo vive permanentemente en el carril rápido, el de los adelantamientos. Nadie espera. La competición es así. Al sprint. Sastre también es pasajero en ese tren de alta velocidad, pero ha sabido tomarse su tiempo, acodarse en la ventana y disfrutar del paisaje. El año pasado, a su ritmo, llegó el primero a la estación central. A París. Ganador del Tour de Francia. El sábado, en Mónaco, iniciará otra vez ese mismo viaje.
-Un año ya con el maillot amarillo. ¿Cómo recuerda aquel día en París?
-Fue una tarde intensa. Me sentí un poco como una marioneta, de un lado para otro. Lo mejor fue llegar a la habitación del hotel y darme un baño con mi hijo. Recuerdo que estaba muerto de hambre y abrimos un paquete de patatas fritas. Fue el momento familiar. Luego vino la cena con 300 invitados. Disfruté con el cariño de la gente, pero en esos momentos no saboreas el triunfo con la familia. Todo pasa muy rápido.
-El Tour 2008 será suyo para siempre. Lo ganó en una etapa, en Alpe d'Huez. ¿Cuántas veces ha visto el vídeo?
-No todas las que quisiera. Me gusta analizar las carreras, ver las caras que cuando estoy sobre la bici no puedo ver. Pero ha sido un año con muchos eventos y compromisos y me ha faltado esa tranquilidad para ver con detenimiento las cosas.
-Es lo que tiene ganar el Tour. Y con un ataque a lo grande.
-Me emociona cuando lo veo en vídeo. Es una sensación bonita. Un sueño. Llegar a Alpe d'Huez, ganar y vestirme de amarillo. Todos los ciclistas hemos soñado con eso desde pequeños. Es un lugar especial.
-Sin pausa viajó a Pekín, a los Juegos Olímpicos, y dirigió a la selección hacia el oro de Samuel Sánchez.
-Me vino bien ese viaje. Aislarme un poco de todo. Allí pasé más desapercibido. Compartí vivencias con otros deportistas. Hice amigos, como los de la selección del balonmano.
-Estaba en la cima. Podría haber fichado por cualquier equipo y, sin embargo, se arriesgó a montar uno nuevo, el Cervélo.
-Como buen sastre, tengo que hacer las cosas a mi medida. Tenía de dar un cambio a mi vida. No sabía cómo, y entonces llegó Cervélo. Me lo propusieron. Algo hizo 'click' dentro de mí y me dije que era eso lo que necesitaba. Le dije a Riis (mánager del CSC) que no seguía con él.
-El CSC era miembro de la élite; el Cervélo ni siquiera tiene licencia Pro Tour.
-Ya, pero creí que era lo mejor para mí. De mi decisión dependía que el equipo fuera de mayor o menor entidad. Y dije que sí. Acerté.
-¿Cómo ha participado en la construcción del Cervélo?
-No es fácil partir desde cero. Yo he aportado mi experiencia como ciclista. Y otros me han ayudado con su propia experiencia. Gracias a ellos esto es una realidad. Soy feliz aquí. Todo el mundo rema en la misma dirección y eso no es fácil.
-Ha terminado cuarto en el Giro y ha ganado dos etapas. A su manera: medida, con cada pedalada bien calculada. ¿Corre así?
-Me conozco muy bien. Me gusta pensar las cosas. Tuve un mal día en el Blockhaus. Cometí el error de quedarme atrás cuando salieron Menchov y Di Luca. No estuve donde tenía que estar. Y a falta de tres kilómetros me vine abajo. En la etapa del Monte Petrano (la ganó) salí pensando en vencer en el Giro. Y cuando vi que no era posible, empecé a pensar en la etapa. Estoy experimentando cosas nuevas.
-Pese a los 34 años.
-Sí. Yo antes no me planteaba cosas así. Ahora puedo escoger lo que quiero.
-El Giro sorteó la crisis. Cada etapa era un festival de público.
-En Italia adoran su carrera y luchan por ella. Aquí no se habla más que de crisis, de cosas negativas. Pero las épocas de crisis son también tiempo de oportunidades.
-En 2006, y debido a la exclusión de Basso, se viste al fin de líder de un equipo. ¿Por qué no antes?
-No estaba preparado para asumir la responsabilidad que asumo ahora. Veía las cosas desde un punto de vista más pasivo. Ayudaba a otros porque no me sentía capacitado para ser el líder. No tenía ambición. A partir de la Vuelta a España de 2005 se me abrieron los ojos. Pensé que aún no estaba acabado y me atreví con las tres grandes vueltas en 2006. Volví a creer en mí.
-Aprendió a disfrutar de su trabajo.
-Ahora lo saboreo más. Me cuesta mucho separarme de mi familia. Por eso, no me puedo permitir el lujo de perder el tiempo cuando voy a una carrera. La familia se sacrifica por mí. Me sirve de revulsivo.
-Y funcionó a la perfección el año pasado. Ganador del Tour.
-Me ha costado, hasta tener la madurez necesaria. Ganar el Tour me ha dado la seguridad que había buscado toda mi vida. Ahora sé que sufro para algo. Y disfruto.
-¿Saldrá a ganar el Tour?
-Por supuesto. Tengo una gran confianza. Será como un homenaje por llevar el número uno. En el Giro no ha sido fácil ahorrar cartuchos. Llegué cansado, claro, pero ahora veo las cosas con más ánimo. He descansado bien. He dormido siestas de pijama y orinal, de tres horas. Y a medida que se ha ido acercando el Tour, vas cogiendo ánimo. Me he preparado como sé. Y eso me da seguridad.
-El Tour reserva su emoción hasta el final en el Mont Ventoux, en la penúltima etapa.
-Es la moda. Así lo hacen el Giro y la Vuelta. Quieren mantener viva la carrera hasta el final.
-Y por primera vez, ya con 34 años, acudirá con un equipo que le tendrá como líder único.
-Eso me hace feliz. Sé que llegaré a Mónaco con los deberes hechos y ante una nueva oportunidad de ganar el Tour. A otros, las ocasiones les llegan antes; a mí, de viejo. Pero lo estoy saboreando más.
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