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Cultura

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02.07.09 -

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Q ué corte. No quiero ni pensar en la cara de bochorno inaudito de un ciudadano turco en una farmacia en el trance de pedir condones. Que un hombre pida profilácticos en una botica de Estambul produce hoy el mismo efecto de insuperable sonrojo transgresor que hubiera producido en otro hombre de época muy lejana que intentara comprar a hurtadillas preservativos en un mercadillo de la antigua Constantinopla en día de feria. Seculares represiones religiosas conviven de un y otra manera con la idea novelesca y peliculera de la tradicional pasión turca. Cualquiera sabe que la mezcla de los componentes represión y pasión a partes iguales producen un explosivo de acción inmediata.
Teniendo en cuenta que para un turco pedir condones en un establecimiento le hace sentirse algo así como si fuera un repugnante gusano impuro y apóstata ante el rostro acusador de un boticario, peor aún, boticaria, es noticia lógica el bajo índice de ventas del sector del condón en Turquía a causa de las barreras de fe y socioculturales. El notición es que dos hermanos, turcos también, vieran que esta específica e invulnerable muralla 'de la vergüenza atávica' en realidad ya estaba derribada desde que llegó Internet. Por eso triunfan en fraterno negocio en alza pues no dan abasto vendiendo preservativos por la Red a sus compatriotas.
Ahora, en estos tiempos que vuelan, no son necesarias pólvora ni artillería al igual que se tratara del asedio y caída de Bizancio. Hoy sin ruido de metralla se volatilizan fortalezas que se creían inexpugnables antes de que se abriera el ciberespacio. La actualidad lo demuestra como cuando estalló la gripe porcina. Alguien que se encontrara en cierta fecha en la misma costa Este de Estados Unidos, de Maine a Georgia, sabía que el virus rondaba. Google cartografiaba la propagación de la enfermedad en función de la demanda de los internautas y llegará a predecir la irrupción de una epidemia con más de una semana de antelación que los servicios sanitarios.
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