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ÁLAVA

Los vitorianos vivieron con «angustia, miedo y sorpresa» la tormenta
02.07.09 -

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No será fácil de olvidar el 1 de julio de 2009 para miles de vitorianos que ayer preguntaban a sus allegados por los teléfonos móviles, entre el temor y la incertidumbre : «¿Se ha salvado tu coche?». Los epítetos y las comparaciones que se daban al granizo reflejaban la incredulidad con la que se vivió el fenómeno atmosférico: «como 'paraguayos', bolas de ping pong, pedruscazos, chuscazos, pelotas de tenis». El recorrido por la ciudad era desolador. «Parece que ha pasado una guerra», le contaba un viajero del tranvía a su interlocutor por el móvil.
LAKUA
Fue uno de los barrios más castigados por su orientación norte. En la calle Orhy, Pedro Ortega, un vecino afectado por destrozos en su vehículo se puso a contar. «De los 50 vehículos aparcados, 30 tenían la lunas, los retrovisores o algo reventado. Y todos abollados. Además 20 viviendas con persianas o los cristales rotos». En Bayona, Landaberde, Pamplona, Irati, otro tanto. «Veníamos de las piscinas de Gamarra como en una barca y al llegar a casa, Orhy número 12, encontramos el cristal de la terraza rajado y el agua y la tierra de los tiestos han dañado el ordenador», se quejaba María Jesús Sáez. A Emily Bourrienne, una francesa vecina de los anteriores, le habían estallado tres cristales del coche y los retrovisores. «Estaba grabando la tormenta tan tranquila y luego, esto».
La misma historia contaba Iván Fernández, que calculó los daños de su vehículo en 3.000 euros, o Antonio Piñol, Manuel Borja o José Antonio Fernández. Rocío Pájaro no olvidará el moratón que le hizo un granizo «que vino de lado. Yo me había cubierto bajo un soportal». E Isabel Blanco y Aitor y Mari Jose la «angustia vivida dentro del coche con los niños pequeños llorando. Fue tremendo».
«El 90% de los coches que veo tienen las lunas rotas». Bittor Román, recepcionista del Gran Lakua, hizo el cálculo rápido minutos después de que el cielo dejara de lanzar piedras. «Se veía todo blanco. Desde el hotel no divisábamos el colegio de enfrente. Nunca en mi vida había visto algo similar».
SAN MARTÍN
No ha sido de las zonas más afectados, pero Óscar Díaz Martínez acabó con los brazos amoratados. La tormenta le sorprendió en su moto. «No podía parar y los pedruscos me golpeaban con fuerza hasta el punto que me han hecho heridas y magulladoras. Jamás había visto algo así». En cuanto pudo frenó y se refugió en un portal. Luego fue a su casa, en Arriaga. «Lo peor fue encontrarme el coche con la luna trasera y los altavoces rotos. La delantera está rajada y lo tengo lleno de abolladuras. Lamentable».
CENTRO
Jesús Berganzo lleva media vida al volante de su taxi y no recuerda «una barbaridad como ésta». Le sorprendió en General Álava, en el cruce con Dato. A duras penas pudo llegar a Cadena y Eleta, donde tuvo la suerte de encontrar sitio en la gasolinera Goya. «He podido salvar el coche de chiripa».
ZABALGANA
En el supermercado Leclerc 'llovió' dentro. El pedrisco agujereó parte del tejado y rompió una claraboya. «Ha sido tremendo el susto, hemos temido lo peor pero ha pasado rápido. Estamos a salvo, pero con goteras», apuntó un empleado. Esteban Monterrubio, otro afectado del barrio, no daba crédito a sus ojos cuando vio su coche abollado en la Avenida del Mediterráneo. «He tenido más suerte que los demás. Hay docenas de lunas reventados. Pero no me he salvado de la persiana».
MENDIZORROZA
En las piscinas de Mendizorroza «no llegó a haber caos», pero casi. Lo cuenta una joven que acabó con la toalla y sus amigas debajo de unas mesas. «Había bastante gente tomando el sol y de repente se ha nublado, ha empezado a llover y nos hemos resguardado como hemos podido. Había mucho jaleo, la gente corría y los niños gritaban asustados». Los empleados no daban abasto. «El campo de fútbol parece nevado y no podemos valorar los daños porque el servicio de mantenimiento no contesta. El resto del complejo parece no haber sufrido daños». El Estadio tampoco, pero muchos socios que disfrutaban la tarde en la piscina no olvidarán «las riadas de agua que bajaban desde Armentia como olas. Hemos pasado mucho miedo», reconoció Manuela Uriarte, con un nieto en cada mano.
SAN CRISTÓBAL
Los hermanos David y Rosa Díaz siguieron la tormenta desde casa. Lejos del doble acristalamiento y de la terraza de aluminio «por miedo a que el granizo, del tamaño de una pelota de tenis, nos rompiera las ventanas y nos diera». Desde su piso sólo veían «ríos de agua y hojas. Las alcantarillas no tragaban más. Nos hemos salvado por muy poco». Muy cerca de su casa, los obreros salían corriendo de la obra de la manzana de la plaza de toros donde diversos testigos aseguraron que se inundaron garajes y bajos.
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