Cada atentado, cada asesinato, cada bomba lapa contra un miembro de los cuerpos policiales despierta un torrente de sensaciones en los agentes, máxime si trabajan en Euskadi, cualquiera que sea el color de su uniforme. Surgen los sentimientos: inmediatamente se piensa en la viuda, en los hijos, en los amigos. Se maldice a los asesinos, sin ahorrar calificativos. Se piensa en la propia familia. Y se hace examen de conciencia sobre las medidas de autoprotección. Cada latigazo de ETA sirve para recordar «que nunca hay que bajar la guardia, que están ahí, que pueden hacer daño», dice un agente activo en Euskadi.
No es fácil. Nunca lo es. El manual de autoprotección es el abecé del policía en Euskadi. Pero en muchas ocasiones el hartazgo y la rutina acaban borrando sus letras, que deben reescribirse una y otra vez. Por eso es tan habitual que los policías se pregunten entre ellos: «¿Ya te cuidas?». Es su forma de mantenerse alerta unos a otros, de decirse «no bajes la guardia. No la bajes, aunque parezca que no pasa nada». A pesar de que se afirme que ETA está «más débil que nunca».
«Somos personas normales», relata un patrullero de la Ertzaintza. «Tenemos días buenos y malos, días en que estamos con la mente a pleno rendimiento y otros en los que andamos preocupados por cosas de la vida, por un familiar enfermo, por el colegio de los niños», explica. «Esos días, como el resto del año, también somos objetivo de ETA. Y procuramos no descuidar nuestra seguridad. Pero estar 'enchufado' 365 días al año, 24 horas al día, es una tarea titánica».
Capas de la cebolla
Expertos analistas creen precisamente que son los policías de origen vasco, con arraigo en su entorno, cuadrilla de amigos y costumbres normales, quienes tienen más dificultades para llevar a rajatabla el código de autoprotección. Más, al menos, que los uniformados de los cuerpos nacionales que saben que van a estar destacados en Euskadi sólo unos años y que se envuelven en métodos de seguridad extrema bajo el aliciente de que es una situación temporal, una etapa, un episodio profesional. Una capa de la cebolla, como les insisten los psicólogos.
Para quien se queda, para aquel cuya vida está en Euskadi, todo son fases. Lo normal es que nunca se baje la guardia y que la seguridad pase a formar parte del día a día. «Con los años desarrollas un sentido de autoprotección constante y lo aplicas en todo momento, casi sin pensar en ello. Eliges instintivamente el lugar más adecuado para aparcar el coche, controlas las rutinas que sigues antes de trabajar o al volver, te sientas en un restaurante en una posición desde la que controlas la puerta... aplicas el manual sin darte cuenta», narra un ertzaina. Pero a veces, y ésta es otra fase, aparece el cansancio. Y uno se relaja. «No por falta de profesionalidad, sino porque es humano, porque no se puede mantener la atención al cien por cien todos los días y en todo momento», indican expertos en el fenómeno terrorista.
Y está también la rebelión, otra fase por la que pasa cualquier amenazado, no sólo los agentes policiales. «Te dices: son cuatro mequetrefes quienes atemorizan a todo un pueblo. ¿Van a condicionar ellos siempre mi vida, mi tiempo libre? Quiero jugar con mis hijos, ir al monte, salir de paseo el domingo», relata otro agente de las FSE en Euskadi. «Lo mismo he oído a los políticos», dice un agente destacado un tiempo como escolta. «Escaparse de la protección e ir solo a comprar el pan era un triunfo, una pequeña victoria», explica. «No es aconsejable -resume-, pero es humano».