De prometer que no haría «la puñeta» al nuevo Gobierno del PSE desde la atalaya del sillón foral a desafíar al lehendakari López al negarse a pagar la cuota de las obras del metro que corresponde a la Diputación de Vizcaya hasta 2029 media un abismo. El mismo salto cualitativo que, por una conjunción de factores, ha ido perfilando a José Luis Bilbao como la auténtica punta de ataque del PNV contra el Ejecutivo del PSE.
La retirada de Juan José Ibarretxe de la primera línea política y la consigna con la que se despidió el ex lehendakari de continuar «liderando el país» desde los ejecutivos forales ha ido acrecentando en las últimas semanas el protagonismo del diputado general vizcaíno, hoy máximo exponente del poder institucional jeltzale y, por añadidura, un habitual de las quinielas sobre el próximo candidato peneuvista a Ajuria Enea.
Si a eso se le suma la ausencia del jefe del partido, Iñigo Urkullu, del ámbito institucional, la aún escasa actividad del Parlamento, la proximidad de Bilbao a los presidentes del EBB y del 'aparato' vizcaíno y las circunstancias de sus homólogos guipuzcoano y alavés -con un perfil menos mediático, el primero, y atenazado por la espada de Damocles de una posible moción de censura, el segundo-, la coronación del mandatario vizcaíno como virtual líder de la oposición estaba servida.
Palo y zanahoria
No en vano, el mayor órdago al Gobierno de López lo lanzó ayer Bilbao al aludir a la «crisis» y al endeudamiento de la institución foral para endosarle el pago de las facturas del metro en contra de lo pactado desde finales de los ochenta. La teórica oposición de palo y zanahoria del PNV -inflexible contra el «frentismo españolista», más colaboradora en terrenos pragmáticos- se tambaleó, de la mano de uno de sus dirigentes que más ha abogado, pese a los ceños fruncidos en su partido, por el entendimiento entre jeltzales y socialistas. Así lo hizo en la conferencia con que la dirección peneuvista testó la madurez de estas tesis a finales de la pasada legislatura.
En palabras de Bilbao, repetidas ayer mismo tras su encuentro con el lehendakari, la «lealtad institucional» y la disposición a colaborar con el Ejecutivo de López siguen vigentes. No obstante, el cerco ha sido constante ya desde los compases previos a la investidura, cuando vaticinó que el Gabinete socialista no sobreviviría al ecuador de la legislatura. Atemperada esta tesis por el acuerdo de estabilidad firmado con luz y taquígrafos entre PSE y PP, los jeltzales cambiaron de estrategia y, una vez más, Bilbao ocupó un lugar preponderante.
El rifirrafe del Concierto
Fue él quien protagonizó un rifirrafe público con el lehendakari y con su consejero de Hacienda, Carlos Aguirre, en la asamblea de la patronal vizcaína celebrada hace una semana. El diputado general aprovechó la propuesta de Aguirre de que sea el Parlamento el que legisle en materia tributaria, y el error de López al dar por caducada una iniciativa del PNV para trasladar al Congreso la unanimidad de los partidos vascos sobre la necesidad de blindar legalmente el Concierto, para subrayar la supuesta bisoñez de los socialistas. A ellos responsabilizó también de que, como si de la Eurovisión científica se tratase, Suecia haya derrotado la candidatura vizcaína para acoger la fuente de neutrones por espalación, aunque en esta ocasión sus dardos apuntaron a Zapatero y a la ministra Garmendia.
Como aperitivo de estas polémicas, Bilbao se aprestó a anunciar la intención de la Diputación que lidera de «remangarse y coger el toro por los cuernos» para paliar los problemas económicos, agravados por la «inacción» del Ejecutivo socialista, al tiempo que anunciaba un aval de 2,5 millones a una papelera de Zalla en dificultades. Ayer, sin embargo, dejó claro que no está dispuesto a rascar más el bolsillo foral.