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Pelota

Final del Manomanista
JUAN MARTÍNEZ DE IRUJO. PELOTARI

«La gente quiere morbo y le gustaría que tuviera pique con Aimar, pero nos llevamos bien»

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Frente a la iglesia de Ibero, un bello pueblo navarro de 200 vecinos y grandes casas solariegas en la confluencia de los ríos Arga y Arakil, a diez kilómetros de Pamplona, se levanta un frontón de ocho números en el que, durante años, se han forjado muchos buenos pelotaris. El último de ellos ha roto todos los moldes y ha resultado un producto excepcional: Juan Martínez de Irujo. Su caso es extraordinario. A los 19 años, era todavía una ardilla revoltosa que se buscaba la vida en los cuadros delanteros. Medía 173 centímetros, pesaba 64 kilos y tenía que suplir con velocidad y astucia su escasa potencia. En unos pocos meses, sin embargo, su cuerpo sufrió una metamorfosis asombrosa. Juan pegó un estirón extraordinario y ganó 13 centímetros y 20 kilos. El resultado fue el nacimiento de un pelotari genial, potentísimo, volcánico, impredecible y dotado de un arsenal de recursos incomparable.
Capaz de todo, oscilando siempre entre el prodigio y el tiro en el pie, Juan Martínez de Irujo buscará el domingo su tercera txapela en el Manomanista, un título que ganó en su primera participación, en 2004. Lo hará a su modo, con la sangre caliente. Porque Irujo es una fuente inagotable de energía. Lo es en la cancha y fuera de ella. En eso piensa el cronista cuando le ve llegar a toda prisa, como un rayo, en su impresionante 'BMW X6', rompiendo la plácida quietud de esta mañana de primavera en Ibero.
-Tres años después, vuelve a disputar el gran partido del año. ¿Se le ha hecho larga la espera?
-Bueno, llevo seis años de profesional y ésta va a ser mi cuarta final del Manomanista, así que no está mal. Es verdad que he tenido un parón de dos años, pero cuando me han respetado las lesiones y he podido volver a entrenar con regularidad, he vuelto a estar arriba.
-¿Pero lo ha pasado mal viendo las finales desde la grada del Atano III?
-En las finales lo que sientes es envidia sana. Lo he pasado muy mal con las lesiones. Cuando me operé de la mano fue muy duro. Le das muchas vueltas al tarro. Te preguntas si volverás a ser el mismo.
-Y ha vuelto a serlo
-Sí.
El cambio del juego
-Su última víctima ha sido el campeón. ¿Ha reforzado su moral ganar a un hueso tan duro como Oinatz Bengoetxea?
-Claro. Y también a Xala y a González. Los tres eran rivales muy difíciles, candidatos a la txapela. Con Xala tuve más facilidades de las previstas, pero los otros dos partidos fueron muy duros y superar esas situaciones comprometidas te fortalece mentalmente. Voy con mucha moral.
-Por cierto, tras ver el partido entre usted y Oinatz entenderá que los pelotazales insistan tanto en el cambio radical que ha dado el juego del mano a mano en los últimos años.
-Son otros tiempos. Es verdad que nosotros hemos cambiado la forma de jugar. Ahora utilizamos recursos que antes no se utilizaban, sobre todo en el juego de aire.
-¿Todo se debe al cambio de material?
-El material ha podido influir. Pero lo importante es que nosotros hemos querido buscar otros recursos y exprimir al máximo todas las facultades que tenemos. Entrar de aire al saque, por ejemplo, o el sotamano. Antes igual no se les pasaba por la cabeza utilizar estos recursos y nosotros hemos visto que son efectivos y los trabajamos. Porque estas cosas no salen de la noche a la mañana. Hay que prepararlas día a día en los entrenamientos.
-Vamos, que no se improvisan.
-Para nada. En los partidos, y menos en una final, no te puedes poner a hacer cosas que no has entrenado.
-Hace cinco años le entrevisté aquí mismo antes de su primera final del Manomanista. ¿La experiencia le ha hecho mejor pelotari?
-Creo que sí. Aprendes cada día. Hace cinco años, todavía no sabía bien de qué iba la fiesta. Ahora controlo cada situación.
-Dice que controla cada situación, pero son muchos los pelotazales que dicen que el peor enemigo de Juan Martínez de Irujo es Juan Martínez de Irujo.
-La gente es libre de opinar. Yo no voy a discutir con nadie, pero algunos hablan con mucha facilidad y deberían conocer más al personal antes de hablar.
-Lo dice un poco dolido.
-Es que ha habido un montón de veces en las que he escuchado eso de que he regalado el partido y yo creo que hay que respetar a todos los pelotaris. Cuando gano, gano. ¿Y cuando pierdo es que he perdido yo? Pues no. Es que me han ganado. Aquí todos juegan mucho. Ganar es muy difícil.
Los consejos de Eugi
-¿Se siente incomprendido?
-Tampoco es eso. Lo que pasa es que a mí se me ha colgado el sambenito de fallar y eso no me lo va a quitar nadie. Dentro de cinco años seguiremos hablando de lo mismo. Pero me da igual. Ya me he resignado a eso. Si entro de gancho en el cuatro y es buena, se cae el frontón. Si es mala, resulta que he regalado el tanto. Mira, yo tengo mi forma de jugar y es ésa.
-Asumiendo riesgos
-Exactamente. Arriesgo mucho. Y punto. Una veces sale bien y otras, mal. Mejor dicho, muchas veces sale bien, porque si no no tendría las txapelas que tengo, y algunas sale mal.
-Este año estrena botillero, Patxi Eugi. ¿A qué se deben tantos cambios de consejero?
-Por mí estaría siempre con mi padre, pero se pone muy nervioso. El hombre no disfruta y para que esté sufriendo... Pues no es plan. Luego con Etxaniz el problema es que, si juego contra un pelotari de Aspe, no se puede poner. Y pensé en Patxi Eugi, que es amigo. Hemos entrenado juntos muchos años y tiene la experiencia de haber jugado muchos campeonatos con la misma mentalidad que yo, buscando llegar lo más lejos posible. Él me puede ayudar con su experiencia. Ha estado muchos años en la élite y sabe de qué va esto. Y luego es muy metódico a la hora de entrenar.
-¿Ya hace caso usted al botillero?
-Sí. Le hago caso. Pero hacerlo siempre es imposible. Él me dice que le dé atrás y yo estoy convencido de que debo darle atrás. Quiero darle atrás, pero luego hago una dejada. Me pega el cortocircuito, ja, ja.
-¿Admira a algún deportista por su control mental?
-Aquí cada uno se debe conocer a sí mismo y saber lo que puede hacer y lo que no. Yo sé cómo soy. A Nadal, por ejemplo, no le puedes imitar. Es un portento físico y mental, con la cabeza fría en todo momento. Yo me conozco y a mi modo me sé controlar.
-Pero no negará que en el aspecto psicológico tiene usted un amplio margen de mejora.
-Se puede mejorar en todo, pero no hay que buscar imposibles. Soy así, de sangre caliente, y no voy a cambiar. Tengo mis errores como todo cristo, pero no han sido muchos los partidos que se me han ido por la cabeza.
-¿Qué hace para concentrarse y quitar los nervios antes de una gran final?
-Nada especial. Entrenar a tope.
-¿Cómo se encuentra?
-Físicamente estoy muy bien. Ahora, en estos últimos días, lo que debo hacer es no cansarme para llegar fresco.
-¿Y cómo están sus fieles seguidores, el Lagarto y compañía?
-Como siempre, a tope, pidiéndome entradas. La verdad es que tienen mucho mérito porque no están los tiempos como para gastar el dinero tontamente. Yo se lo agradezco mucho. Si estoy donde estoy mucha culpa la tienen ellos.
-¿Ya va a poder atender todas las peticiones de entradas?
-Todas seguro que no. Creo que conseguiré unas 200.
Una rivalidad de época
-Aimar Olaizola ha llegado a la final sin apenas desgaste. Tras las bajas de Barriola y Beloki, sólo ha jugado un partido, ante Urberuaga. ¿Cree que le puede afectar haber jugado tan poco?
-No lo sé. Eso se verá el domingo. De todas formas, yo prefiero haber llegado más rodado.
-Aimar es un cirujano, preciso y frío. Usted es lo contrario: volcánico, impulsivo, genial... ¿Envidia en algo al delantero de Goizueta?
-El dinero que tiene, ja, ja. No, la verdad es que no. Cada uno es como es y Aimar es un pelotari de los pies a la cabeza. Sabe en todo momento lo que tiene que hacer y no regala nada. Si le quieres ganar tienes que sufrir mucho en el frontón.
-Son ya dos rivales de época. Esta temporada, sin ir más lejos, van a jugar las tres finales. ¿Cómo se llevan fuera de la cancha?
-Nos llevamos bien. Mejor de lo que la gente quisiera
-¿Cree que la gente preferiría que se llevaran mal?
-Seguro. La gente quiere morbo y le gustaría que tuviera pique con Aimar.
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