L a etapa abierta con la llegada de un lehendakari socialista no puede consistir sólo en un cambio de gobierno y de estilo, con ser ambas novedades importantes. Tiene que implicar también transformaciones serias en los órdenes político, cultural, simbólico y ético. No se trata de agobiar al nuevo Gobierno cuando apenas echa a andar -ya se encargan de zarandearlo el PNV y los sindicatos nacionalistas, indignados porque creen que les roban un chiringuito de su propiedad-, pero sí de recordar que desgraciadamente aquí hay tal tinglado que no basta sólo una buena gestión. Contra la querencia natural de los gobiernos primerizos, que gustan de asentarse por el procedimiento de no alarmar al prójimo y cambiar lo menos posible, en este caso no vale el truco de gobernar para quedar bien con los nacionalistas, ni la tentación de buscar ante todo que éstos se den cuenta de que también los socialistas son buenos chicos y de fiar. No sólo porque una política de este tipo estaría abocada al fracaso -el nacionalismo actual no está dispuesto a admitir a los constitucionalistas como una alternativa legítima-, sino porque el deterioro cultural o ético que arrastramos es tal que cualquier dejación constituiría una irresponsabilidad inadmisible.
Un suceso retrata el desquiciamiento al que se ha llegado tras la década soberanista. Cuentan las crónicas que el anterior lehendakari animaba a una militante, llorosa y destrozada por la pérdida nacionalista del Gobierno vasco. La consolaba recordándole que el pueblo vasco tiene 7.000 años, que en este tiempo ha salido de todas, por lo que conviene relativizar este revés -el del PNV-, uno más en esta trayectoria milenaria, pero del que saldremos forzosamente como sucedió en otras coyunturas luctuosas.
Tengo mis dudas de que la anécdota sea del todo cierta, pues la realidad no suele condensar de forma tan precisa los elementos definitorios de una situación. Pero probablemente lo es en sus rasgos generales, al ajustarse a otros episodios conocidos, y sin duda refleja bien la actitud del soberanismo, pues en esta década han sobreabundado las alusiones a los 7.000 años y la autoidentificación entre el nacionalismo y el pueblo vasco.
No merece la pena detenerse en la sandez de la antigüedad de 7.000 años, ocurrencia que tiene tanto rigor como la creencia por algunos autores del siglo XVII de que los vascos descendían de Túbal, el nieto de Noé, aunque aquella fábula era más atractiva y tenía mayor pedigrí. Lo único: cabe lamentar que semejante dislate se haya paseado por Argentina, México, Estados Unidos, Bélgica, Georgia... y hasta por Madrid y el País Vasco. Y que sobre tal entelequia -que quizás los soberanistas creen a pies juntillas, por chocante que parezca- se haya construido todo un entramado ideológico.
A estas alturas, lo preocupante de la anécdota es que refleja cómo el nacionalismo se identifica en exclusiva con el pueblo vasco. En las democracias suelen ser frecuentes las derrotas electorales y las alternancias de gobierno. Nadie se desgarra las vestiduras cuando estas cosas pasan, o lo hace con alguna mesura y autocrítica, sin cuestionar el funcionamiento de la democracia ni la legitimidad de la voluntad electoral. Las derrotas y las victorias electorales forman parte de la normalidad. Pues bien: resulta inimaginable que ningún líder político democrático se sienta identificado con la esencia de la nación o del pueblo y crea que su derrota es un desliz (aunque sea leve) en una historia milenaria. ¿Se imaginan a Margaret Thatcher perdiendo las elecciones y diciendo que no hay que preocuparse pues Gran Bretaña tiene 1.000 años de historia y se recuperará de tal pérdida?, ¿o al mismo Bush identificando la derrota republicana con la de la nación estadounidense de 232 años? Si Aznar llega a insinuar un desatino semejante -que España tiene 1.000 años de antigüedad, representados por el PP, y que por eso no hay que preocuparse por el leve traspiés de una derrota electoral-, lo demolemos a zurriagazos verbales. Y con razón.
Con el nacionalismo vasco no pasa lo mismo. Tragamos barbaridades que no se han oído en Europa occidental desde 1945, excepción hecha del franquismo. ¿Qué quiere decir la anécdota? Que el nacionalismo no se ve como una alternativa de las que se ofrecen en las elecciones, sino como la única voz válida para el pueblo milenario. Que piensan ha sido derrotado con trampa o, peor, por unos intrusos que no forman parte del pueblo vasco y que impiden que éste se autogobierne. Creen que los resultados electorales en el País Vasco han sacado del poder a los únicos representantes legítimos del pueblo vasco.
Con estos bueyes hay que arar. Como expresiones de este tenor nos suelen ya pasar inadvertidas y no suscitan un clamor de indignación, quiere decirse que en el País Vasco abundan los conceptos prepolíticos y no democráticos. Por eso el nuevo Gobierno vasco tiene mucha tarea por delante. No basta con un buen gobierno, resulta necesaria también la pedagogía, el cambio cultural, la modernización intelectual, la difusión de los conceptos de pluralismo, ciudadanía, libertad, democracia... Esta vez sí, llega la hora de la normalización de la sociedad vasca.