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Cultura

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13.05.09 -

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No se iba nunca Antonio Vega, transeúnte por las décadas oscuras, peatón por los excesos, resistente y caminante por las tragedias propias o ajenas. Era un ángel caído, vencido para transformar su derrota en un mito del lado salvaje, de la nostalgia y de la poesía que sonaba a melancolía en Vista Alegre, en la Sala Clamores o en un destartalado local de Entrevías, al lado de las vías de un tren con ida pero sin vuelta.
Ángel caído de cara afilada, mellada por la gloria de su dolor o por la soledad de su desamparo estético y existencial. Lo daba a entender en su pop nostálgico o en la tristeza de sus letras biográficas. En un malditismo que estaba en el origen de su belleza creativa o en la inmensa calidad de su música. Su genialidad nunca hubiera trascendido tanto de no ser por ese arriesgado malditismo de expiración garantizada, que nutría con altura poética y musical cualquier composición al borde del infierno.
Un infierno de verismo urbano con el que construía una poesía de amores y sentimientos a golpe de guitarra, a sorbo de vida o a trago de muerte. No se iba nunca Antonio Vega, superviviente atormentado de picos y caballo, porque sus letras le ataban como ángel caído a una realidad sin retorno vencida en su fecha de expiración. Tampoco se va ahora, porque queda en su melancólico recuerdo el mito urbano de un músico que paseaba su dolor por el infierno, cantando la tristeza de su propia vida.
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