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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 29 mayo 2012

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Ratzinger recuerda en Israel el holocausto para resolver malentendidos, pero reivindica el derecho de los palestinos a vivir en «una patria propia»

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El primer Papa alemán tras el holocausto, que militó en su adolescencia en las juventudes hitlerianas aunque fue de forma forzada según cuenta en su autobiografía, y que desde su nombramiento ha desencadenado varios encontronazos con el mundo judío, llegó ayer a Israel. Benedicto XVI, que ya había visitado el lugar como cardenal, aterrizó en Tel Aviv en un momento sombrío para la paz y los rostros cariacontecidos del presidente, Simon Peres, y el primer ministro, Benyamin Netanyahu, eran un poema.
El Pontífice permanecerá cinco días en el país hebreo, con un paréntesis de una jornada en el territorio palestino de Cisjordania, y de inmediato comenzó a atar los cabos pendientes de la agenda y a hacer equilibrios en el conflicto de Oriente Próximo. Su presencia en Israel ya es un fuerte gesto de reconciliación, pero de él se esperaba una palabra definitiva, si es que todavía hacía falta y parece que sí, sobre la condena de la Iglesia del antisemitismo. Las últimas polémicas entre el Vaticano y el mundo judío que han enrarecido el clima han sido en torno a Pío XII -acusado por los hebreos de no haber hecho nada para salvarles en la II Guerra Mundial-, el perdón al arzobispo lefevbriano y negacionista Williamson, y también la restauración de la misa en latín, con su plegaria de Viernes Santo que pide la conversión de los judíos. Ratzinger abordó de inmediato la cuestión al bajar del avión al honrar «la memoria de seis millones de víctimas de la shoah (holocausto) y rezar para que la humanidad no tenga que ver más un crimen de tal enormidad. Desgraciadamente, el antisemitismo sigue levantando su repugnante cabeza en muchas partes del mundo. Es totalmente inaceptable. Debemos combatir el antisemitismo allá donde se encuentre».
El Papa culminó estas reflexiones horas después, por la tarde, con la visita al Yad Vashem, el recinto en el que se rinde homenaje a las víctimas del holocausto. Allí depositó una corona de flores y dedicó unas palabras más personales: «No podemos dejar de recordar que cada uno tenía un nombre. Puedo imaginar la alegría de sus padres, mientras esperaban a que nacieran. ¿Qué nombre daremos a nuestro hijo? ¿Qué será de él o de ella? ¡Quién habría podido imaginar que habrían sido condenados a un destino tan terrible!». El pacto tácito entre Israel y el Vaticano, no obstante, era aparcar su litigio por Pío XII y de este modo el Papa no visitó el Museo del Holocausto contiguo, donde en una sala se retrata de forma negativa a su predecesor.
Sin embargo, es como si de nuevo no fuera suficiente, como si el grado de descontento fuera tal que sólo se arreglara con un perdón personal del Santo Padre y, como hizo Juan Pablo II, por la actitud de la Iglesia a lo largo de la historia. Tras el acto, el presidente del Yad Vashem, Avner Shalev, dijo que fue positiva, pero le reprochó que «no haya nombrado a los perseguidores, los nazis alemanes». Ya en su visita a Auschwitz en 2005, causó estupor que Ratzinger atribuyera el holocausto «a un grupo de criminales».
Oportunidad perdida
El rabino Meir Lau, superviviente del exterminio y presidente del consejo directivo de la institución, insistió en que no había escuchado un «arrepentimiento» del Papa y que «ha perdido una gran oportunidad; no ha recordado que los que perpetraron esa masacre eran alemanes». «A diferencia de Juan Pablo II, no habló de asesinato, sino de la muerte de judíos, y no es lo mismo», añadió. El debate vuelve a abrirse y en los próximos días se evaluará qué recuerdo deja Ratzinger tras su visita.
Independientemente de los resultados, mostrar la solidaridad del Papa con los judíos fue el tema central de ayer. Pero Benedicto XVI también abordó cuestiones políticas ineludibles. En el discurso del aeropuerto suplicó que se busque «cualquier vía posible» para una «solución justa» al conflicto israelí-palestino y ambos pueblos «puedan vivir en un patria propia, dentro de fronteras seguras e internacionalmente reconocidas». Salvo la mención al derecho a la seguridad de Israel, el resto son claras evocaciones de las reclamaciones palestinas. El Papa se refirió expresamente al estatus de Jerusalén, que Israel considera su capital y cuya parte este ocupó en 1967, al pedir que todos los peregrinos puedan acceder a los lugares santos.
En la visita de cortesía al palacio presidencial de Simon Peres, el Pontífice hiló más fino y citó con toda intención unas palabras del profeta Isaías: «Practicar la justicia dará paz, honrar la justicia dará tranquilidad y seguridad para siempre». El mensaje para Israel es que sólo logrará espantar el terror a través de una solución justa al conflicto. Nada de esto es nuevo y la Santa Sede siempre ha defendido la causa palestina, pero otra cosa es repetirlo en suelo hebreo.
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