La psicóloga mexicana Norma Vázquez se ha especializado en educación emocional. Trabaja en la asociación Crisálida de apoyo al duelo de Bilbao, donde ayuda a quienes se acercan para intentar superar las pérdidas ocasionadas por la muerte de sus seres queridos. Además, imparte talleres con los que educa a las mujeres en el manejo de sus sentimientos. Cree que este aprendizaje es «básico» para el desarrollo personal y que no se le concede la importancia que merece.
-¿Necesitamos inteligencia emocional?
-No me gusta mucho el concepto como tal. Prefiero llamarle registro emocional, historia emocional o socialización emocional. El mundo de las emociones es muy amplio y hay distintas variables relacionadas con ellas. Por ejemplo, la edad, el sexo y la cultura intervienen de manera muy importante en la educación emocional. Porque las emociones se pueden y se deben educar.
Edad, sexo y cultura
-¿Por qué no se presta la atención debida a este aspecto de la persona?
-La gente se siente agredida cuando se le dice: 'Necesitas ayuda'. Hay también quien lo dice para agredir. De todos modos, muchísimas personas consideran que todo esto son bobadas. Hay un clima cultural que no le presta suficiente atención, salvo cuando estas emociones se transforman en conductas preocupantes que ponen en riesgo la salud de la persona o su desenvolvimiento regular en la sociedad.
-Ha mencionado la edad, el sexo y la cultura como determinantes en este tipo de aprendizaje. ¿Cómo influye la edad?
-Cuando nacemos tenemos las emociones maleducadas, un cuerpo ansioso que responde a impulsos muy primarios, de hambre, de frío... Según vamos creciendo, la socialización nos va indicando qué emociones podemos expresar y cómo. También las que no podemos expresar. Es aceptable ver a un niño o niña con berrinche o tirándose al suelo. Si eso lo hace un adulto, está fuera de lugar.
-¿Y las diferencias culturales?
-Se ven con la llegada de la inmigración. El hecho de que los hombres árabes se den tres besos para saludarse, lo miramos con extrañeza. Y, sin embargo, es una expresión cultural. Las latinoamericanas, cuando llegamos aquí, solemos comentar: 'Parece que están enfadados'. Predomina un tono de voz que, a primera vista, parece agresivo. En cambio, muchas culturas latinoamericanas se caracterizan por utilizar expresiones verbales de cariño y de cercanía. Incluso por tocarse. Aquí la gente se toca poco al saludar o al hablar.
-Ha mencionado también la variable sexual.
-Las mujeres podemos llorar, pero no se nos permite enfadarnos y tener mala leche. Por el contrario, los hombres sí pueden: es normal, es un rasgo de autoridad, de hombría incluso. En cambio, no pueden llorar: si lloran ya se pone en duda su masculinidad. La depresión, a pesar de que ya no es una emoción sino un trastorno, está asociado a la feminidad. Los problemas de la masculinidad, en cambio, están relacionados con conductas antisociales.
-¿Por qué la depresión afecta más a las mujeres?
-La sociedad conduce a las mujeres a que nuestra frustración se interiorice y ello da lugar a la depresión, que se va nutriendo poco a poco de desesperanza, de sobrecarga, de la sensación de no poder llegar, de sobreexigencia. Eso puede acabar con nuestras defensas y resistencias, y llevarnos a la angustia. La emoción reprimida va a salir por algún lado. Y lo más grave es que salga por una conducta inadecuada.
«No hay envidia sana»
-¿Qué emociones enseña a manejar en sus cursos?
-La envidia, por ejemplo. Dicen: 'La envidia es sana'. No hay envidia sana. Otra cosa es qué quieres hacer tú con tu envidia: si quieres hacer daño o apegarte a ella; la sientes y ves qué dice eso de ti. La rabia es otra emoción que expresamos mal las mujeres; la transformamos en tristeza. Todos los sentimientos asociados a la ira los transformamos en emociones más 'femeninas', así, entre comillas, como serían la tristeza y el miedo. Esa familia de emociones que tienen que ver con la agresividad las mujeres las manejamos fatal.
-¿Y los hombres, qué cree que tienen que aprender?
-Creo que deben aprender también a expresar emociones y no tener temor a demostrar la tristeza. No saben qué hacer con la ternura, el cariño. Tampoco con el desasosiego o la incertidumbre. Todo lo que les lleva a sentirse inseguros o vulnerables lo llevan fatal. En experiencias de duelo, por ejemplo, las mujeres lloran, gritan, se desesperan, se deprimen, se angustian. Ellos se mantienen, no quieren llorar, quieren sostenerla a ella. Siempre son los acompañantes, pocas veces son los dolientes.