L a larga visita a Tierra Santa de Benedicto XVI carece de dramatismo porque, si vale decirlo al modo popular sudamericano, Juan Pablo II 'le robó el show' con su primer viaje oficial (no así el lejano y muy breve de Pablo VI) en marzo de 2000. Previamente, en diciembre de 1993, el Vaticano e Israel habían establecido por fin relaciones diplomáticas.
A efectos prácticos, el periplo sobre todo tendrá el interés, no desdeñable, de disipar los últimos malentendidos entre Israel y la Santa Sede tras la inoportuna, y mal aconsejada, decisión de Benedicto XVI en enero pasado de levantar la excomunión de cuatro obispos integristas entre los que se encontraba un inglés, Richard Williamson, empeñado en atenuar vergonzosamente el holocausto. El Papa ha sabido matizar esa decisión, hasta rectificarla de hecho sin abolirla canónicamente, y la polémica, tras las puntualizaciones de Williamson, está superada; de modo que la amenaza que pesaba sobre el viaje del Pontífice se disipó. Además, en la agenda no sólo se ha incluido Israel, sino también Jordania y los territorios palestinos, al tiempo que el Vaticano ha dado abiertamente a la gira un tono de peregrinación y encuentro interconfesional que limita, hasta casi excluirla, toda dimensión 'política' de la misma.
Aunque Benedicto XVI se reunirá con algunos de los dirigentes más relevantes de la región, solo la entrevista con el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu (prevista para el jueves en un convento de franciscanos, dato de finura protocolaria) parece tener un cierto eco político. Pero toda sorpresa está descartada. La Santa Sede se adhiere de corazón a la solución de un Estado viable para los palestinos junto al de Israel, a partir de la legalidad internacional, y a la promoción del entendimiento con los musulmanes.
Así pues, aunque la prolongada estancia tiene un considerable interés público, sobre todo para los cristianos, se dibuja deliberadamente como pacificadora y religiosa; y en lo personal, como una visita de un Papa a los lugares en los que Jesús de Nazaret, a quien Benedicto XVI ha dedicado un libro del que promete una segunda parte, vivió, predicó y fue ejecutado. No es poco, pero no es política ni diplomacia, ni lo pretende. Es un viaje de buena voluntad, algo que se echa mucho en falta en una región tan atormentada.