Pese a la crisis económica, el desfile conmemorativo del 64º aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi ha sido el más poderoso y espectacular que los moscovitas recuerdan desde los tiempos del dirigente comunista Leonid Brézhnev. Más de 10.000 militares, un centenar y medio de vehículos y 69 aviones y helicópteros, más del doble que el año pasado, participaron ayer en la gran parada militar de la Plaza Roja de Moscú. Aunque la celebración de un acontecimiento de tal envergadura histórica como es la victoria sobre el fascismo sobrepasa todas las fronteras y adquiere carácter universal, los dirigentes de la Rusia actual se la han apropiado. El presidente, Dmitri Medvédev, advirtió en su arenga que aquella gesta supuso «una gran lección para todos los pueblos, una lección que sigue estando hoy de actualidad cuando surgen de nuevo quienes se lanzan a aventuras militaristas», en clara alusión a la débil y diminuta Georgia. «Cualquier agresión contra nuestros ciudadanos tendrá su debida respuesta», añadió.
En agosto del año pasado, las tropas rusas invadieron la vecina Georgia para abortar el intento del presidente Saakashvili de recuperar por la fuerza las provincias separatistas de Osetia del Sur y Abjasia, a gran parte de cuyos pobladores se les había concedido la nacionalidad rusa. Sin embargo, en el Ejército Rojo no combatieron sólo rusos. Lo hicieron también las etnias del resto de las repúblicas soviéticas, incluyendo a los georgianos, algo que el propio Medvédev reconoció el viernes al recordar que uno de los soldados que colocaron la bandera de la URSS en lo alto del Reichstag era natural de ése país caucásico.
Pero lo cierto es que, cada año que pasa, la celebración del Día de la Victoria va relegando a un segundo término el recuerdo de la II Guerra Mundial y sirve más para enseñar los músculos de la Rusia de hoy. La demostración se va asemejando cada vez más a la que organizan todos los años los gerifaltes norcoreanos para celebrar la fundación del país como Estado independiente.
Misiles atómicos
Tras 18 años de pausa, Vladímir Putin, primer ministro en la actualidad, sacó el año pasado otra vez a la Plaza Roja los temibles misiles intercontinentales de cabeza atómica y ayer lo hizo Medvédev. Como de costumbre, los majestuosos cohetes Tópol-M, que tienen 23 metros de longitud y son capaces de portar varias cabezas atómicas y superar distancias de más de 11.000 kilómetros, aparecieron sobre sus descomunales plataformas móviles.
Se pudieron ver también los cohetes Iskander-M, diseñados para burlar el escudo antimisiles estadounidense, los tanques T-90, los bombarderos estratégicos Tu-160 y los aviones de combate Su-25, Su-27, Mig-29 y Mig-31. La primicia fue el helicóptero Mi-28, armado con cohetes que atraviesan el blindaje de cualquier vehículo acorazado.
La oposición ha calificado el desfile de «demostración de fuerza inútil» y ha criticado su alto coste, cerca de 35 millones de euros, en un momento de crisis económica aguda. Ahora además habrá que reparar los desperfectos causados.