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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 8 febrero 2012

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Cinco años después de un devastador seísmo, miles de familias malviven en tiendas a la espera de que el Gobierno marroquí termine sus casas
10.05.09 -

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Mohamed Abarkani señala una enorme grieta que recorre de punta a punta el techo de su salón. La fisura se ramifica en pequeñas estrías, como una enredadera que se trenza con las vigas de madera del techo. El salón no lo usa desde hace cinco años pero la más absoluta limpieza y orden reina en la estancia. Lo mismo ocurre con el modesto dormitorio, donde la manta remetida primorosamente bajo el colchón hace pensar que la cama hubiera sido hecha esta misma mañana.
«No usamos la casa, nos da miedo», explica Abarkani, que a sus 68 años aún recorre dos o tres veces al día los seis kilómetros que separan su casa del centro de Tamassint, una aldea cercana a Alhucemas, en la región del Rif. Su esposa se asoma tímida a la puerta de una pequeña habitación de adobe que Abarkani ha construido junto a la casa. Bajo el techo resquebrajado son ocho los que viven, entre abuelos, hijos y nietos. «Desde el terremoto dormimos todos ahí, en ese par de habitaciones», dice señalando los edificios hechos de barro y paja.
Abarkani y su familia son algunos de los miles de afectados por el terremoto que el 19 de febrero de 2004 asoló la región de Alhucemas, al norte de Marruecos. El seísmo de 6,3 grados en la escala de Richter se cobró 628 vidas y más de 15.000 personas se quedaron sin hogar. La naturaleza se cebó con los más débiles, con las casas rurales de adobe, y sorprendió en pleno sueño a sus víctimas, que tuvieron que esperar muchas horas, incluso días, para una ayuda que llegó tarde y mal.
Cinco años después, muchas familias aún viven en tiendas de campaña a la espera de que el Estado les termine las viviendas que les prometieron tras el terremoto. Algunas se han resignado y han aceptado su miseria. Pero en Tamassint el pueblo entero se rebeló contra la dejadez y la corrupción oficial e iniciaron lo que algunos llaman 'la intifada de Tamassint', la lucha de un pueblo por sus derechos.
Un retrato de Osama bin Laden recortado de un periódico preside la pequeña terraza del café. En Tamassint poco hay que hacer además de ver pasar las horas con un té Lipton en uno de sus dos únicos establecimientos. Los pocos que tienen tierras y no están inundadas por las lluvias, trabajan con las habas, las almendras, sacan a pastar a las ovejas o, los más afortunados, a la vaca. Los que no, zanganean en el centro de la aldea.
«El dinero que se envió de ayuda humanitaria no apareció por aquí», critica Mohamed Malki quien, entre dientes, asegura que «este país está lleno de mafiosos». El padre de Malki, Ismael, murió bajo los escombros de su casa aquella fatídica noche.
Según un informe que han realizado varias asociaciones civiles de la región, más de 240 millones de euros se destinaron al plan gubernamental de apoyo a la zona, entre aportaciones nacionales e internacionales. España donó 20 millones de euros. Pero parte de esas ayudas se han perdido por el camino.
Oficiales corruptos
Los detalles que ofrece el informe son devastadores ya que narra cómo, a los pocos días del seísmo, oficiales corruptos desviaron camiones de ayuda humanitaria que se dirigían a la región para robar su mercancía. O cómo la ayuda extranjera llegó a la zona antes que la nacional pero fue retenida por las autoridades marroquíes «bajo el pretexto de que las (ayudas) nacionales eran prioritarias».
Bajo la foto del infame terrorista y junto a un escudo del Barça, Hamid Yahyaui ha colgado un cartel recordando una nueva marcha de protesta a Alhucemas, que se encuentra a 30 kilómetros. Piden que se terminen de construir las viviendas prometidas. Yahyaui es el vicepresidente de la Asociación Tamassint para el seguimiento de las consecuencias del terremoto, la agrupación que se ha encargado de mantener viva la llama de la protesta contra el Estado.
Aunque las manifestaciones se han llevado a cabo, por lo general, en un clima pacífico, la represión de las fuerzas de seguridad ha sido contundente. Para frenar una marcha organizada el 19 de mayo de 2005, miles de policías sitiaron el pueblo y arrestaron a activistas. «El pueblo les recibió con piedras», recuerda Yahyaui. Abarkani, entre otros, fue detenido y «aislado en una cárcel de Nador durante un mes por reclamar lo que es justo, una ayuda con la que pueda reconstruir mi casa y mi vida», asegura el anciano.
Hoy las protestas son más escasas y casi ningún medio local habla ya de ellos, pero el pueblo resiste. Enterrada ya la lenta e improvisada respuesta que el Gobierno dio en los primeros días tras el terremoto, las principales disputas se derivan ahora de la cuantía que la Administración decidió dar a los damnificados. Las compensaciones oscilan entre los 1.800 y los 4.500 euros por familia afectada, dependiendo de si la vivienda fue completamente destruida o sólo dañada.
Reformas insuficientes
Muchos en Tamassint se han negado a aceptar las ayudas. «El dinero no es suficiente y el peritaje no se ha hecho bien», asegura Yahyaui, que considera que muchas de las casas que aún siguen en pie son inhabitables y los daños no se pueden arreglar con una simple reforma.
Rachid el Murabid, de 40 años y cojo desde que era niño, vive desde hace cinco en una chabola. El Murabid es uno de los cientos de personas que se han quedado sin ningún tipo de ayuda. No sabía que tenía derecho a una compensación así que no la reclamó. Ahora es tarde. Su discapacidad le impide trabajar y vive de la caridad de sus familiares y amigos.
Entre sus vecinos se encuentra Hamida, de 16 años, que sigue usando lo que queda en pie de su casa para guardar los cacharros con los que hace la comida. A la vista de los visitantes su madre se esconde rápida en una pequeña habitación de adobe que ha quedado milagrosamente en pie y que hace las veces de dormitorio y armario.
Pero Hamida, con su sombrero de paja y su chaqueta de pijama de Snoopy, no se deja intimidar por nada a pesar de su edad. «Así no se puede vivir, que lo sepa todo el mundo», se queja mientras echa de comer a las gallinas, que corretean por los alrededores.
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