Dos familias quisieron desposar a la misma chica. O quizá fue una disputa por tierras. Los vecinos que sobrevivieron a la matanza de Bilge, en el más profundo sureste turco, no se ponen de acuerdo en qué pudo originar la chispa que desató la mayor masacre de civiles que se recuerda en Turquía.
En Bilge, como en muchas otras aldeas atrasadas de la península de Anatolia, las trifulcas entre familias siempre se han arreglado cogiendo cada uno la justicia por su mano. En una región dominada por el sistema tribal y alejada del Estado y sus aparatos de poder, el honor se limpia así, lo mismo que las contiendas por tierras u otros asuntos económicos.
El pasado lunes, los encapuchados que irrumpieron con armas automáticas y granadas de mano en las dos casas donde se celebraba la fiesta de compromiso de Sevgi Celebi y Habib Ari tenían un solo objetivo: saldar las cuentas de una disputa familiar. Nadie podía salir con vida.
Los preparativos para la boda estaban listos, el novio y la novia engalanados y los invitados habían empezado las oraciones que darían comienzo a la ceremonia. Sin embargo, los jóvenes nunca llegarían a sellar su enlace. Fueron quince minutos de sangre. Después, los cuerpos aparecieron en perfecta alineación. Al frente el imán, que dirigía el rezo. Detrás, filas de hombres que oraban. Las mujeres y los niños en una habitación separada. En total seis niños, diecisiete mujeres y veintiún hombres. Entre ellos, Sevgi, la novia, y Habib, el novio.
La magnitud de la masacre ha sacudido a la sociedad turca, que ha despertado horrorizada por la crudeza y violencia de los sistemas feudales que gobiernan de facto algunas de las regiones más pobres. «Ninguna costumbre puede justificar un ataque tan horrible», dijo ayer el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, recogiendo el sentir del país.
Pero el equilibrio de este sistema medieval, donde los códigos de honor y las jerarquías entre familias han imperado durante siglos, está siendo alterado por las milicias paramilitares. Esta guardia rural, a la que pertenecían todos los hombres de Bilge, está fomentada por el Gobierno turco, que provee de armas a sus miembros para que luchen contra los rebeldes del perseguido Partido de os Trabajadores del Kurdistán (PKK). «El sistema de guardias rurales que se creó para la seguridad se ha convertido en un gran peligro», señaló ayer Mazhar Bagli, profesor de Sociología.
Ocho detenidos
Las 44 muertes del lunes engordarán la ya extensa lista de víctimas por disputas familiares en Turquía. Según la Autoridad de Derechos Humanos, una organización gubernamental, de 2002 a 2007 fueron atribuidos a esta causa 346 asesinatos.
Bilge, de mayoría kurda, contaba con unos 300 habitantes antes de la matanza. Casi todas las 32 familias que residen en la aldea han perdido a alguno o varios de sus miembros. Los asesinos también eran del pueblo. La Policía arrestó ayer a ocho presuntos atacantes, cuyas armas fueron confiscadas. Casi todos, víctimas y verdugos, compartían el mismo apellido, Celebi, el más común de la aldea.