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La 'Dama de Hierro' cimentó en las ruinas laboristas el liderazgo de mayor extensión de un jefe deGobierno británico en el siglo XX
03.05.09 -

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Oración por la Paz en Downing Street
Thatcher y Reagan bailan en la Casa Blanca en 1984./ REUTERS
Margaret Thatcher llegó al 10 de Downing Street al mediodía del 4 de mayo de 1979 y tenía un breve discurso preparado para las cámaras de la BBC. Lo esencial de sus palabras era un fragmento de la 'Oración por la Paz' de San Francisco de Asís, donde había sustituido la primera persona del singular por el plural nosotros: «Donde haya discordia pongamos armonía, donde haya error pongamos verdad, donde haya duda pongamos fe, donde haya desesperación pongamos esperanza».
Su victoria, con el 33,33% del voto de los electores contra el 28% de los laboristas liderados por Jim Callaghan, le dio una mayoría de 44 escaños y no sorprendió. El Gobierno Callaghan había sufrido un 'invierno del descontento', con huelgas, inflación, deuda y aumento del paro. Pero los sondeos registraban una mayor popularidad personal de Callaghan que de la candidata conservadora.
El periódico semanal de su ciudad natal, el 'Grantham Journal', se perdió la noticia de la elección en su edición del día 4 -su portada daba cuenta de una protesta vecinal contra la creación de un vertedero- y en la del día 11 informaba de una nueva protesta contra el Consejo Nacional del Carbón, que debatía si crear nuevos pozos en la comarca.
Periodista sorprendido
En una noticia menor de la portada, el 'Journal' explicaba que habían recibido la llamada de un periodista japonés, que se quedó sorprendido porque la gente de Grantham «no estaba bailando en la calle» al ver a una hija de la ciudad en la cima del Gobierno. El editorial apelaba a la magnanimidad de los vecinos por encima de las divisiones políticas, «que no pueden alterar el hecho de que es una 'granthamian'».
El primer Gabinete de Margaret Thatcher también estaba atravesado por las divisiones: entre los seguidores del anterior líder conservador, Edward 'Ted' Heath, que representaban una política consensual y más abierta hacia Europa, y el grupo de afines a la primera ministra, que promovían la disciplina monetaria, un ajuste económico rápido, aunque fuese socialmente duro, y una visión del mundo más nacionalista británica. Esa división desembocó en una purga de los 'húmedos' más críticos de la líder en el camino hacia el mandato más largo de un jefe de Gobierno británico en el siglo XX, once años y medio.
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