En Camp Nayil huele a pólvora. Los soldados americanos disparan cada día sus armas para estar preparados ante cualquier ataque. La base se encarama a una montaña que se eleva hasta los 2.000 metros y frente a ella hay una meseta desde la que la insurgencia ataca cada noche. En este lugar, como en otras cientos de pequeñas bases repartidas por Afganistán, la falta de tropas y de medios contrasta con el derroche de los grandes campamentos donde la administración ocupa a miles de militares «que juegan a la Wii, navegan por Internet y engordan como cerdos», señala uno de los jóvenes soldados en Camp Nayil.
«Aquí siente uno realmente que está en Afganistán y que trata de llevar el Gobierno a lugares donde nunca antes nadie había llegado», confiesa el teniente Cordova, perteneciente al cuerpo de Marines que vive empotrado en el Ejército afgano, al que intentan enseñar las técnicas de combate del siglo XXI. Todo el mundo coincide en la necesidad de más militares sobre el terreno y esperan mucho de los refuerzos prometidos por Obama. Según algunos mandos consultados a lo largo de la semana, «al menos 7.000 marines llegarán directos desde Irak con el objetivo de centrarse en una sola provincia», que podría ser Helmand, uno de los lugares más complicados del país. Los Marines exigen libertad de movimientos y capacidad de liderazgo en unas operaciones que se desarrollarían en un terreno que actualmente es zona británica. La idea sería repetir un despliegue que ya funcionó en Irak, donde este cuerpo fue el responsable de lidiar en Al-Anbar. Los otros 14.000 tendrían el objetivo claro de «intentar formar una especie de barrera para monitorizar la frontera con Pakistán».
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Casi todos han pasado por Irak, como el capitán Wilson, que estuvo destinado en la sangrienta Ramadi en 2007, «la gente empieza a repetir destino y esto promete alargarse aún mucho tiempo si queremos ver resultados», asegura. La llegada de más efectivos también supondrá un esfuerzo extra en la complicada logística. En estos momentos, las tres rutas principales transcurren por Irán, Rusia y los talibanes, que cada día amenazan los convoyes procedentes de Pakistán. Cada movimiento de tropas lleva horas, si no días en caso de mal tiempo, y algunas bases ya están actualmente saturadas. Se amplían los campamentos y los comités de reconstrucción provinciales (PRT, por sus siglas en inglés) esperan también la llegada de los «cientos de profesionales civiles» prometidos Obama dentro de los que ha sido bautizado como 'civilian surge'.
La esperanza en que la reconstrucción traerá seguridad, sin embargo, se desmorona cada día que pasa ante una realidad que indica que el afgano se ha acostumbrado en estos ocho años «a convertirse en un profesional a la hora de pedir», destacan varios militares destinados en diferentes PRT americanos. «Por el día somos los que mandamos, nos estrechan la mano y nos dicen lo buenos que so mos antes de empezar con la lista interminable de reclamaciones. Pero por la noche, cuando regresamos a las bases, parece que cambian de careta y es la insurgencia la que se adueña del territorio», en opinión de un militar con larga experiencia en cooperación.
Un ejemplo claro de la falta de liderazgo de la comunidad internacional en las provincias es el terror de los traductores locales a mostrar su rostro. Se visten como los militares, se tapan la cara con pasamontañas, pañuelos y lucen gafas de sol a cualquier hora para no ser reconocidos por sus vecinos o familiares por miedo a las represalias. Muchos de ellos, además, se quejan de que las empresas americanas que les hacen los contratos, amparándose en la crisis internacional, les han bajado los sueldos unos setenta euros al mes con respecto a 2008.
Largas misiones
Otra de las sensaciones más palpables tras tener un contacto con las fuerzas americanas es que Afganistán ocupa un segundo lugar en la lista de preferencias del Pentágono por detrás de Irak. En los primeros cien días de Obama no se ha podido cambiar esta sensación, que se plasma en unos vehículos bastante deteriorados por el uso y unas condiciones de vida para la tropa muy complicadas en muchas áreas del país, en las que viven a base de maíz cocido y perritos calientes. Y sus misiones duran una media de doce meses, tres veces más que las de, por ejemplo, las fuerzas españolas.
Se trata de aplicar las lecciones aprendidas en suelo iraquí a la campaña afgana, pero de momento sólo se perciben algunos detalles. La 'bagdadización' de Kabul avanza a paso lento, pero ya tiene al menos una especie de Zona Verde, los primeros refuerzos americanos se han asentado en las provincias que rodean a la capital para realizar un anillo de seguridad y se trabaja contrarreloj en el proyecto de APPF (siglas en inglés de Fuerza de Protección Pública Afgana), que no es más que una especie de 'despertar suní' por el que se paga y arma a milicias locales para que dejen de ser hostiles ante las fuerzas de la coalición.