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77 usuarios, casi el doble que el año pasado, siguen un proceso de inserción en alojamientos más estables
02.05.09 -

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El albergue invernal se afianza como trampolín hacia otros servicios sociales
Un hombre se dispone a salir del albergue de Mazarredo, donde además del invernal hay un centro que funciona todo el año. / MITXEL ATRIO
Por el albergue invernal de Bilbao, que acaba de cerrar sus puertas, han pasado 365 personas que buscaban un techo. Para algunos se ha quedado pequeño -casi todas las semanas ha habido gente sin plaza- y otros han encontrado algo más. El equipo de educadores destaca en su informe que 77 huéspedes han salido del centro hacia otros alojamientos más estables, «dando un salto importante en su proceso de inserción». El pasado invierno, con una ocupación similar, fueron 49 los usuarios que se engancharon a otros recursos. Las instalaciones de Mazarredo se están consolidando como «trampolín» para las personas que quieren salir de la calle y la crisis ha empezado a cambiar el perfil de los que llaman a su puerta.
Este tipo de recursos suele asociarse con gente mayor vapuleada por la vida, aunque lo cierto es que el 70% de los usuarios tiene menos de 40 años. Entre ellos hay un colectivo de inmigrantes que al cumplir los 18 salen de los centros forales o que se las arreglaban con un trabajo en precario y lo han perdido. Se han quedado en la calle, pero no tienen tantas cicatrices. «Van a sus cursos, estudian castellano, van al comedor y lo que les falta es poder acceder a una vivienda», describen los educadores de Bizitegi, la asociación que gestiona el centro. Para ellos el albergue es «un recurso básico al que aferrarse para poder encontrar una habitación, buscar trabajo...». Un lugar de paso que llega a ser «muy importante».
Este ha sido un invierno atípico por el impacto de la crisis. El Ayuntamiento se negó a abrir las 50 plazas de reserva cuando más apretaban las bajas temperaturas, pero acabó haciéndolo el 25 de febrero ante los continuos llamamientos de las asociaciones. «No es un problema de frío o calor, sino de necesidad», afirma el concejal de Acción Social, Ricardo Barkala, que es muy consciente del 'efecto llamada' que generan estas instalaciones. Aunque están pensadas para dar cobijo a gente que habitualmente duerme en las calles de la ciudad, es habitual que lleguen indigentes de otras comunidades, sobre todo de Andalucía, Cataluña y Valencia, o directamente, del extranjero.
Con las 50 plazas que se incorporaron en febrero, en forma de colchonetas, la capacidad del refugio invernal se amplió hasta las cien, tres de ellas destinadas a casos de emergencia. Las reservas se hacen por semanas, a menudo a cargo de asociaciones, y la ocupación media supera el 85%. A veces quedan huecos libres porque las personas apuntadas no se presentan, bien por falta de tiempo para avisarles o porque han encontrado otro sitio donde dormir. Hay lista de espera, pero «a menudo no se llegan a cubrir las necesidades de alojamiento». La demanda ha ido en aumento, de 71 inscripciones en la primera semana a 164 en la última.
Piden más duchas
Nueve de cada diez usuarios son hombres y el 72%, extranjeros. La mayoría viene de dormir en la calle sin un lugar fijo -bajo los puentes, en un cajero, en Termibus o en la sala de espera del hospital- y no les cuesta sincerarse con los educadores. Les hablan de su mala salud -hay un alto índice de enfermedades mentales- y de su mala suerte. El albergue ha servido «para detectar patologías mentales que de otra forma seguirían sin ningún tipo de diagnóstico, con la vulnerabilidad que conlleva», recalcan los profesionales. Una mujer ha ingresado en un centro de forma voluntaria.
El refugio invernal es un buen punto de partida para contactar con gente que nunca se había dirigido a estos recursos, y en dos casos «especialmente significativos» se ha hecho una labor «importantísima». Quizá por el nuevo perfil de los huéspedes o por la consolidación del servicio, «este año ha aumentado de forma notable el número de personas que han salido hacia alojamientos más estables, mejorando su situación social y familiar». La mayor parte ha ido al albergue de Elejabarri, otros han dado el salto a pisos de alquiler o pensiones. «Cada vez enganchamos a más gente para que rehaga su vida», enfatiza Ricardo Barkala. El próximo invierno el albergue seguirá desarrollando su labor de «puente» en Mazarredo, aunque es una ubicación provisional. Los usuarios piden más duchas porque las municipales sólo abren por la mañana, cuando muchos de ellos están en cursos, y cierran los días festivos.


t.abajo@diario-elcorreo.com
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