El CSKA Moscú peleará mañana en la gran final por revalidar el título ganado el año pasado en Madrid. Y lo hará con esa fórmula explosiva que le ha convertido en el equipo de moda de los últimos años; una plantilla millonaria en calidad y la mano de Ettore Messina, el técnico que siempre parece tener la fórmula secreta para el triunfo.
La confianza ciega que profesa el equipo ruso en sus propias convicciones baloncestísticas volvió a prevalecer ayer ante un Barcelona que se sintió dueño de la semifinal durante 34 minutos, tiempo durante el cual se ganó el derecho a soñar con su primera final de la temporada. Con un 61-56 que inflaba sus velas hacia un domingo de pasión, el plantel 'culé' se topó de bruces con el verdadero corazón del CSKA, Ramunas Siskauskas. El alero lituano firmó por sí solo 11 puntos que abrieron la trampa a los pies del Barça (61-67. Minuto 35). Y lohizo con esa frialdad que le caracteriza, esa sensación desesperante para el rival de que cada una de sus acciones tiene sentido pleno, que caen en el momento oportuno para hundir la moral de cualquier oponente.
A partir de ahí, al Barça se le escapó la final de las manos a ritmo pausado, desesperante. Ni el triple de Navarro con que comenzó la cuenta atrás del minuto final (74-76) pudo descomponer al opulento gigante moscovita, que incluso se dio el lujo de errar un par de tiros libres en los segundos finales.
Siskauskas trazó ese perfil de asesino silencioso y agazapado que mostró ayer el CSKA. Si el Barça gusta de las cuchilladas fulminantes, la lluvia de triples y la carrera a cancha abierta, el plantel de Messina opta por cocinar a fuego lento a su adversario. Puede rezargarse en el marcador, pero nunca perderá el paso ni dejará de madurar cada posesión de ataque hasta casi el infinito con un sentido magistral de la pausa. Así lo hizo ayer en una semifinal cerrada, un careo de estilos que terminaron por facturar un duelo a la altura de los parámetros de excelencia que buscan los rectores de la Euroliga para una 'Final Four'.
Fogosidad inicial
Más por aturdimiento que por estrategia, el CSKA dejó volar alto al Barcelona durante el primer cuarto. Cuatro triples consecutivos forzaron a Messina a pedir su primer tiempo muerto tras un 14-4 en el minuto 5 que retrataba la fogosidad inicial y la ambición de los 'culés'. Sin embargo, Xavi Pascual encontró pronto motivos de alarma. Segunda falta de Navarro con poco más de seis minutos jugados, una cuenta que se ampliaría hasta la tercera personal nada más volver a la cancha mediado el segundo cuarto.
Desconectado su referente principal, el Barça abrió huella de la mano de David Andersen, renacido durante la serie de cuartos contra el TAU y que ayer volvió a estar a la altura de su fama ante sus ex compañeros. El poste australiano encarnó el espíritu de lo imprevisible ante el trazo cuadriculado del CSKA, que recortó diferencias al descanso (36-32) para aguardar su momento, abrazado a una defensa siempre abrasiva; la misma que de forma progresiva fue secando las ideas del Barça hasta el advenimiento del monólogo de Siskauskas.