Los resultados del 1 de marzo confirmaron el final por agotamiento de un periodo que se inició tras elecciones de mayo de 2001 y que ha estado representado por el Gobierno tripartito, bajo el liderazgo indiscutido de Ibarretxe. La comparecencia pública del pasado miércoles del lehendakari constituye la expresión gráfica de ese final anticipado de la aventura sin que se haya llegado al punto de destino. Pero además y esto es lo verdaderamente grave, la situación en la que ha llegado hasta este punto cada uno de los integrantes del tripartito es absolutamente contradictoria. Los resultados electorales de EA y EB eliminan por sí mismos cualquier posibilidad de repetición del tripartito, con el añadido singular de Aralar. También en el hipotético supuesto de que la izquierda abertzale hubiera podido participar en situación de legalidad y la suma de socialistas y populares, más el escaño de UPyD, no alcanzase más de 36 parlamentarios. Es decir, aún en ese supuesto el cuatripartito no se habría alzado como alternativa de futuro para este país.
Se teorizó el tripartito como la plasmación práctica de la convergencia de voluntades que supuestamente representaba los deseos políticos y sociales de una mayoría muy significativa. Era en palabras de Ibarretxe el llamado 'cauce central' de nuestra sociedad, frente al efecto erosionador y desestabilizador que representaban los otros cauces que discurrían por los extremos o las 'orillas'. Sin embargo, los resultados habidos nos dicen que ese cauce central, tal cual había sido diagnosticado, no existe de manera articulada, y que además resulta muy difícil, por no decir imposible, vertebrarlo según los parámetros utilizados por el tripartito. Es ahí precisamente, en el ámbito de las decisiones políticas de carácter estratégico y no tanto en la gestión de la 'res pública' donde el tripartito se ha equivocado y ha fracasado en sus pretensiones.
Tiene razón Ibarretxe cuando afirma que su gobierno también se ha preocupado de las personas y del nivel de vida alcanzado entre nosotros y muestra para ello los resultados obtenidos y los compara con otras realidades. Es bueno someter la acción política a la prueba de los resultados, siempre que se utilice tal criterio de evaluación para el examen y medición de todos los niveles de la acción política, sobre todo en aquellos ámbitos donde se han adoptado decisiones de gran calado estratégico. Pero no es esa la disposición de los responsables del tripartito cuando se trata de examinar los resultados obtenidos en torno a los buques insignias de las dos legislaturas como son el Estatuto Político y la Ley de Consulta.
Decía Ibarretxe estar orgulloso de haber defendido el derecho a decidir de la sociedad vasca, pero sin embargo no hay la mínima referencia a la inexistencia de resultados. Después de ocho años de reiteración del derecho de decisión el análisis no puede quedar en los estrictos términos de la defensa del derecho, sino que necesariamente ha de adentrarse en el terreno de la evaluación de resultados y el examen crítico de la estrategia desarrollada. Curiosamente lo que era el gran activo de los dos gobiernos de Ibarretxe, es decir, la apuesta decidida por un nuevo marco político y un nuevo modelo de relación con el Estado, se fue devaluando ante los ciudadanos precisamente por la falta de resultados y los errores cometidos en la estrategia desarrollada.
Todo ello máxime cuando se conocía de antemano la posición de las instituciones centrales ante tales cuestiones. El nacionalismo gobernante no ha sabido gestionar debidamente las decisiones estratégicas que ha adoptado estos últimos años. Ha asumido incomprensible e imprudentemente riesgos excesivos en base a la pueril teoría de que 'querer es poder', y ello le ha conducido, a pesar de los resultados electorales, a estar más sólo que acompañado en la política vasca. Es decir, a perder peso específico y capacidad de influencia.
La recuperación del protagonismo y del papel que le corresponde sólo lo podrá hacer enmendando los errores cometidos. El futuro político del PNV y del propio Ibarretxe tiene que ver con este examen autocrítico de lo que ha sido su estrategia estos últimos ocho años.