Se ha hecho mucho y bien. La prueba se palpó ayer en La Casilla. Nueve años de andadura han servido para gestar una criatura sana, robusta, de esas que son tildadas como muy avanzadas para su edad. En lo social y lo deportivo, no hay discusión. Pase lo que pase la última jornada, ¡que les quiten lo bailado! Sometido el Fuenlabrada como exigía el guión, por el espacio aéreo del pabellón se sucedieron los más puros sentimientos. Ambición a raudales en el público, más soberano que nunca desde el salto inicial. Se nota cuando se dan fechas especiales, eventos que aportan algo más. Despedidas, esperanzas, ilusiones. Y por encima de todo, unión, lo que a estas alturas de la vida es casi un milagro.
Reventar el marcador con una victoria por 26 puntos de ventaja fue el modus operandi en una noche en la que nada debía interponerse camino de la felicidad. Para conseguirlo, el iurbentia emergió desde el túnel de vestuarios con los ojos inyectados en sangre. La decisión de ganar sin sufrir fue el mandamiento más recitado la víspera en el vestuario por los hombres de negro. Todos a una, renovado el juramento mosquetero. Aparcados los '¿qué será de mí?', cada uno trabajó en la obra de la que sigue surgiendo su nómina. Otra normalidad que es anormal en otros lares.
Se anteponía entre el Bilbao Basket y el 'play-off' el equipo de moda esta campaña, junto al Ricoh Manresa. Un Fuenlabrada letal en ataque que en Bilbao fue hecho prisionero en cuanto abandonó el cuartel. El primer punto de Oleson llegó en el minuto 8. El de Valters, en el 17. El de Antonio Bueno, en el 27. Y Blanco se quedaba en cuatro testimoniales puntos al final del encuentro. La fiesta posterior, ya anunciada, cobraba forma. De hecho, nadie dudó de la existencia del guateque en cuanto el iurbentia se disfrazó de huracán y arrampló con todo lo naranja que se cruzaba por delante.
Porcentajes espectaculares, triplazos sublimes, exquisita lectura defensiva. Llegados a este punto, muchos deberíamos pedir perdón por no creer, por querer desconectar a este equipo de los cuidados asistidos cuando se corazón estaba débil, pero seguía latiendo. Una lección aprendida, firmada por un equipo sin nombres propios sobresalientes, en el que lo más noble y justo sería utilizar el orden alfabético para no herir susceptiibilidades. Todos han dado lo que tenían y han posibilitado que la última jornada del campeonato se antoje apasionante.
Combinaciones extrañas
Acompañó la victoria del Bruesa ante el Manresa para certificar la octava plaza del iurbentia. Pero no se canjea por una dependencia de sí mismo. Es paradójico, casi inexplicable. Pero los números cantan. Si el Bilbao Basket pierde en el Palau y también lo hacen el Manresa y Fuenlabrada, habrá alcanzado la meta de cruzarse con el TAU -¡qué morbo!- en las series por el título. Pero si gana podría quedarse fuera. No se debe dar un triple empate con fuenlabreños y el Pamesa, que ocurriría si los rivales de ayer en La Casilla ganan su partidos y los taronja pierden en casa con el Kalise. En ese caso, el 'average' dejaría fuera al Bilbao Basket.
De lo que se trata es de paladear el espectáculo, purito 'showtime' vivido en el parqué bilbaíno, no en el de la bolsa, sino el del vetusto pabellón que pronto deberá a su vez preparar una despedida grandiosa tras más de cuarenta años al servicio de la villa. Ya llegará su momento. Ayer era el turno del equipo y, por ser justos, de Pedja Savovic. Fue la confirmación tácita de que no seguirá vestido de corto la próxima campaña. ¡Cómo le quiere la afición! Lógico. Lo auténtico, lo genuino, lo noble, lo verdadero canta, salta a la vista, no hay que ponerle sedas para que destaque. El montenegrino es un ejemplo. ¡Larga vida, Pedja!