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Vizcaya

29.04.09 -

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V amos a aguantar los golpes de la coyuntura». Lo decía Jabyer Fernández, presidente del imperio Afer, hace menos de un año, en el acto de presentación de sus casas modulares, aquel proyecto con aspecto de quimera urbanística que la Diputación apoyó con cierta decisión. Eran otros tiempos, claro, pero a mí lo de los golpes de la coyuntura me pareció todo un hallazgo: un giro talentoso que podríamos aplicar a la vida misma. ¿En qué consiste vivir? En aguantar los golpes de la coyuntura. El verso, no lo duden, lo habría firmado Auden.
Hay que reconocer que, durante un tiempo, la coyuntura fue más que favorable para Afer y alrededores. Jabyer Fernández llegó a ser el personaje de moda en la comarca. Los salones, los palacios y los palcos se abrieron ante él. Nuestro hombre estuvo arriba, en la cima, y a su paso todo debieron ser sonrisas y guiños cómplices.
Incluso cuando todo comenzó a ir un poco fatal, José Luis Bilbao dio un paso adelante y se reafirmó en su apoyo a la planta de casas mágicas que Afer tenía planeado construir en Alonsotegi. «Apoyaremos esta iniciativa siempre y cuando exista proyecto y exista empresario». Ah, el viejo problema de la existencia. Fue reconfortante que, aunque sólo fuese por una vez, nuestros mandamases se dejasen de tonterías y abrazasen el empirismo. Como si tuvieran cierta idea de quiénes fueron Hume y Locke.
Pero de pronto la coyuntura se vuelve loca y, en un abrir y cerrar de ojos, desaparecen el proyecto y el empresario. Dejan de existir. Zas. Y entonces nos enteramos de que la Diputación rompe con Afer. Tajantemente. Ni frontón de Miribilla ni obras en Mungia, Gernika y Galdakao. El mismo que ayer era un líder y un revolucionario hoy no es alguien de fiar. Por supuesto, toda la culpa es suya. Quienes confiaron en él, quienes posaron a su lado en las fotos y compartieron mesa en los reservados de postín no tienen nada que ver en todo esto. Lo malo que tiene la coyuntura es que a veces es violenta y tajante como un huracán. La caída, lo volvemos a ver, es siempre el más solitario de los trayectos.
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