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La crisis y los desencuentros con el Gobierno foral asestan un duro golpe a la trayectoria de un hombre forjado a sí mismo
29.04.09 -

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Constructor desde la zanja
Jabyer Fernández. / E. C.
Jabyer Fernández se convirtió en empresario de moda al calor de la bonanza económica y del 'boom' del hormigón y también del ladrillo. Nacido hace 45 años en el barrio de Mamariga, en Santurtzi, siempre que ha trazado su propio perfil histórico reconoce que fue un malísimo estudiante y un rebelde. Quienes le conocen apuntan que, además, responde a lo que tradicionalmente se conoce como un 'cabezón', incapaz de cambiar de opinión cuando algo se le mete entre ceja y ceja.
Demostró que tiene su propio código de funcionamiento el día en que decidió que su nombre se escribiría con 'b' y no con 'v', para distinguirse de todos los demás 'javieres' del mundo. Pero su vida comenzó realmente a cambiar cuando fue consciente de que en casa había estrecheces económicas. La crisis de principios de los 80 había dejado en el paro a su padre y los ingresos que conseguía su madre en un pequeño bar en Mamariga apenas daban para sostener a la familia. Por aquellos días, en una obra que la empresa Dragados desarrollaba en el puerto de Bilbao, se fraguaron sus primeros lazos con la construcción. Acompañado de su padre y de un tío pidieron trabajo en la obra, se lo dieron y comenzó a construir su historia. Primero esa obra, luego otra, más tarde creó su propia cuadrilla de ferrallistas para ofrecerse a ejecutar trabajos por toda España. Y de ahí el salto a la creación del grupo Afer. Una publicación económica le nombró a principios de 2008 'Empresario vasco del año'.
A su manera
Ha coqueteado también con el mundo del fútbol y se dejó querer cuando le llamaron para ocupar una vicepresidencia en el Athletic. Sabido es que, en ese terreno, además de jugadores y entrenadores se necesita también gente con capacidad de avalar los presupuestos del club.
Siempre ha asegurado que consiguió crear una constructora tan grande -en los momentos florecientes llegó a facturar 300 millones al año y a tener una plantilla de 3.000 empleados- a fuerza de reinvertir la práctica totalidad de sus beneficios y hacer las cosas de forma «diferente». Esa obsesión por innovar le llevó a contratar a una veintena de técnicos para desarrollar uno de sus sueños: construir bloques de viviendas de hasta 12 alturas a partir de módulos, de cajones, fabricados en una factoría. Algo así como la exportación del modelo de fabricación de automóviles al sector residencial.
La crisis económica y los desencuentros con el diputado general de Vizcaya han dejado el proyecto de Habidite en vía muerta. Sus escarceos en el negocio de la promoción inmobiliaria con la sociedad iurbentia y el pinchazo de la burbuja de la construcción han hecho el resto.
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