Una señal para avanzar en un nuevo marco de relaciones. Esto fue lo que pidió el presidente de EE UU, Barack Obama, a Cuba aprovechando el clima de entendimiento alcanzado con los líderes de América Latina durante la reciente cumbre celebrada en Trinidad y Tobago. Y algún gesto habrá hecho La Habana cuando el Departamento de Estado informó ayer de que los contactos ya se han iniciado. Según Robert Wood, portavoz del departamento que dirige Hillary Clinton, el día 13 tuvo lugar el primer encuentro entre representantes de la Administración demócrata y responsables de la Sección de Intereses de Cuba en Washington.
Los temas abordados, de interés común, abarcan desde la inmigración, al tráfico de drogas y asuntos relacionados con la seguridad en la zona. La segunda reunión, prevista para la tarde de ayer, estuvo encabezada por parte estadounidense por el secretario de Estado adjunto para Latinoamérica, Thomas Shannon.
De fructificar estos pasos, Washington se plantea abrir canales de cooperación cultural y académica con la isla caribeña. Los próximos encuentros servirán para «tantear el terreno» y ver si los dos países pueden desarrollar una «relación seria y abierta», aseguró a 'The New York Times' un responsable del Gobierno estadounidense. En cualquier caso, el proceso no se adivina fácil a tenor de las reservas expresadas por la misma fuente oficial. «Esta aproximación va a tomar mucho tiempo y es posible que no funcione».
No se conocen los detalles y el alcance de las negociaciones pero, por el cariz de los comentarios del representante gubernamental, todo indica que la Casa Blanca no asumirá nuevos compromisos hasta que el Ejecutivo de Raúl Castro haga un movimiento recíproco al levantamiento de las restricciones a los cubanoestadounidenses para viajar a la isla o para que puedan enviar dinero a familiares.
En las últimas semanas, Obama ha recibido presiones desde todos los rincones de América Latina y de grupos afines dentro del gigante mundial para el levantamiento del embargo impuesto a la isla hace 47 años. Para muchos, el manejo del tema cubano es la gran prueba de fuego de la actual Administración demócrata a través de la que sus aliados medirán el grado de compromiso norteamericano para mejorar sus relaciones con la región.
Cambio en el exilio
La encuestas sugieren un incremento del apoyo entre los cubanoestadounidenses para que finalice la política de aislamiento, un elemento cada vez más significativo dado el tradicional rechazo del exilio a que EE UU suavice las sanciones. Además, los ciudadanos norteamericanos que no son de origen cubano también se manifiestan mayoritariamente por el fin de todo tipo de bloqueo y la normalización de relaciones. Las dos cámaras legislativas han aprobado propuestas en esa dirección.
El propio Departamento de Estado ha descrito la presión que se está creando para una nueva política hacia Cuba como una «apisonadora» y que el Gobierno Obama está «tratando de conducirla más que pasar de largo sobre ella». Los matices, sin embargo, son la clave para que el proceso no descarrile. Cualquier tipo de apertura se hará con cautela, insisten los responsables oficiales, permitiendo al presidente caminar entre la fina línea que separa a aquellos que quieren un rápido levantamiento del embargo y otros que ven que esa medida sería una concesión a la dictadura.
La situación de los derechos humanos en Cuba es de momento uno de los elementos que van a pesar más sobre la voluntad del Ejecutivo de Washington a la hora de impulsar un cambio.