Los 'trenes bala' marcaron una nueva época en el transporte ferroviario. Cuando comenzaron a operar en 1964, Japón se convirtió en el primer país que dedicaba una vía especial a la alta velocidad, por la que las unidades circulaban a la espectacular velocidad de 200 kilómetros por hora. La fotografía del primer 'shinkanshen' de blanco morro redondeado rodando frente al monte Fuji se convirtió rápidamente en el símbolo del resurgimiento del Imperio del Sol Naciente, cuyo territorio había quedado devastado por la Segunda Guerra Mundial. Las principales potencias del planeta miraban a la máquina con envidia mal disimulada durante los Juegos Olímpicos de Tokio. Más adelante, se pudo comprobar que la introducción de este medio de transporte no fue una fanfarronada sino un gran impulso para el desarrollo del país, cuyo modelo han copiado el TGV francés, el ICE alemán y el AVE español.
Sin embargo, cuatro décadas después, y a pesar de que el 'shinkanshen' se ha desarrollado de forma considerable para abarcar casi todo el territorio nipón y alcanza ahora velocidades superiores a los 300 kilómetros por hora parece que los ferrocarriles japoneses han perdido brillo ante los espectaculares proyectos diseñados por su vecina y competidora, China. Pekín pretende acabar para 2010 la línea de alta velocidad entre Shanghai y la capital y, no en vano, fue el primero en introducir de forma comercial el tren de levitación magnética (maglev), que une a una velocidad punta de 431 kilómetros por hora el aeropuerto de Pudong, en Shanghai, con el centro de la ciudad.
Ahora, la capital económica de China se plantea extender la línea de maglev para conectar la existente al otro aeropuerto, el de Hongqiao, que dista más de sesenta kilómetros del de Pudong y que está siendo ampliado.
Para retomar la iniciativa en innovación ferroviaria, Japón ha anunciado esta semana la renovación de su principal ruta de alta velocidad, la que une la capital, Tokio, con las ciudades de Nagoya y Osaka para que el 'tren bala' deje paso al maglev más rápido de la Tierra. Según los diseñadores del proyecto, que debería estar operativo en 2025 tras la inversión de casi 35.000 millones de euros, los nuevos convoyes viajarán a una velocidad de crucero de 550 kilómetros por hora. Eso supondría viajar entre Tokio y Nagoya en 40 minutos frente a las dos horas largas que tarda un 'shinkanshen' 700, el más veloz en la actualidad y que sólo sufre retrasos de una media de seis segundos. En el futuro, el maglev japonés podrían alcanzar una velocidad punta de 700 kilómetros por hora, incluso mayor que la de muchos aviones de hélices.
Proyecto resucitado
Eso sí, sólo la construcción del trazado llevará por lo menos una década, por lo que las autoridades ya han apremiado a la compañía para que llegue a los acuerdos pertinentes con las localidades por las que discurrirá el tren magnético. En total, su longitud alcanzará los 290 kilómetros (el de Shanghai cuenta sólo con 32), de los cuales el 80% irán bajo tierra o por el interior de túneles. Así, se evitarán las posibles consecuencias nocivas que suelen inquietar a los vecinos, pero que, de momento, no han encontrado base científica.
No es la primera vez que se considera el uso del maglev en Japón. El primer borrador se redactó en 1973 pero el coste astronómico del plan lo abocó al cajón. Sin embargo, según portavoces de Japan Railways, el actual sistema de ferrocarril está al 100% de su capacidad y las vías acusan ya los años. Y nada mejor que un momento de crisis en el que hace falta invertir grandes sumas en obras públicas para llevar a cabo el proyecto, aunque en Japón los ferrocarriles están privatizados, para darle un impulso a la economía.