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Vizcaya

23.04.09 -

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C omo cada año, con la primavera y las alergias llega el informe Ascobi: el estudio mediante el que los constructores y promotores de Vizcaya diagnostican el estado de salud del ladrillo, esa variación contemporánea del diamante. Durante años, el informe ha hablado de precios que subían y de entusiasmo inversor. Eran otros tiempos. La crisis que somos comenzó por el sector de la construcción, columna vertebral de la economía del país. De pronto, lo de embarcarse en la compra de un piso dejó de ser buena idea.
Sabíamos que iba a pasar, pero no sabíamos que iba a pasar tan rápido. Solemos olvidar que la realidad es muchas veces fulminante: un tobogán sin escapatoria. Los pisos ya no se venden y cada vez se construyen menos. Quienes desean comprar esperan confiados a que bajen de precio. A que bajen en serio y abandonen su valor de dorado y potosí.
Nuestros promotores y constructores ven ante ellos un panorama sombrío. Al menos a medio plazo. Aguantan gracias a las licitaciones de obra pública: oportunos salvavidas en medio de la tormenta. Mientras se agarran a ese salvavidas con un brazo, alzan el otro en dirección a Ajuria Enea. La política de vivienda del Gobierno saliente les parece nefasta. Dicen que se han estado construyendo pisos protegidos donde menos se necesitaban. También que los mandamases han arrinconado a la promoción privada.
Un montón de gente echándose la culpa los unos a los otros. Eso es lo que ha quedado tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. Mientras tanto, comprar un piso en Vizcaya sigue siendo una empresa heroica. Alquilar, en cambio, es más bien un ejercicio surrealista. La gente común hemos perdido montañas de dinero y energía en toda esta pesadilla de los pisos. Dicen que todo va a cambiar, aunque hoy la única manera sensata de hacerse con una vivienda sigue siendo la de siempre: heredarlo.
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