Charles Graner, el único que sigue en prisión por los abusos de Abú Ghraib, debió sonreír ayer en su celda. Un informe del Senado recién hecho público le da la razón al rastrear la responsabilidad de los infames abusos hasta Donald Rumsfeld, ex jefe del Pentágono, con el beneplácito de toda la cadena hasta Bush. Su adjunto, Paul Wolfowitz, que luego sería recompensado con el cargo de director del Banco Mundial, desestimó entonces cualquier implicación de altos mandos con el argumento de que había sido el trabajo de «unas cuantas manzanas podridas».
«Los que deberían ser enjuiciados son los de arriba», apuntó la madre de Graner el día en que su hijo fue condenado a diez años. «Dejan que los más débiles se lleven el golpe por ellos, pero al final la verdad saldrá a la luz».
Fue el senador Carl Levin, presidente del Comité de Servicios Armados, el que ayer hizo bueno su augurio. «El informe representa tanto una condena a las políticas de interrogación del Gobierno de Bush como de los altos cargos que intentaron desviar la culpa de los abusos -como los que vimos en Abú Ghraib, Guantánamo y Afganistán- a soldados de bajo rango», explicó. Para Levin, la famosa frase de las manzanas podridas «simplemente era falsa».
Para llegar a esas conclusiones el comité ha entrevistado a 70 personas y estudiado 200.000 documentos. De todo ello salió en noviembre un informe de 261 páginas que el Pentágono ha censurado con lupa durante cinco meses.
Si bien 'The New York Times' ya había filtrado en su día la responsabilidad que el informe adjudica a Rumsfeld, hasta ayer nadie más podía probar que autorizó específicamente quince técnicas de interrogación consideradas como tortura a todas luces. De hecho, su origen es el Manual de Supervivencia, Evasión, Resistencia y Escape (SERE) del Ejército. Según la CIA, que promocionó exhaustivamente su adopción, si los pilotos estadounidenses pasaban por esos métodos durante su entrenamiento, ¿por qué no los enemigos?.
Técnicas chinas
Lo que no se molestaron en contar es que se trata de un muestreo de las técnicas de tortura utilizadas por China con los estadounidenses capturados durante la Guerra de Corea. Los pilotos norteamericanos sufren en su piel una pequeña muestra para prepararles ante la eventualidad de su captura. Washington llevó tras la Segunda Guerra Mundial a los tribunales a los japoneses que perpetraron algunas de esas torturas en sus hombres.
El manual empezó a aplicarse en Guantánamo, donde los analistas de inteligencia se sentían frustrados con lo poco que le sacaban a los detenidos. Y si es bueno para Guantánamo, también para Afganistán, determinaron los abogados. De ahí a Irak, donde el general Ricardo Sanchez autorizó expresamente el uso de perros para explotar el miedo, desnudos humillantes y posiciones imposibles. Todo indica que el mayor error de Charles Graner, condecorado meses antes de que se hicieran públicos los abusos, fue fotografiarse con su novia mientras se mofaban de los detenidos.
El informe aumenta la presión sobre la Administración de Obama, al que tanto los demócratas como los movimientos de derechos humanos piden una especie de comisión de la verdad. «No soy de los que piensan que debemos pasar página sin haberla leído primero», advirtió ayer el senador Patrick Leahy, que lidera la corriente. Mientras, el ex vicepresidente Dick Cheney reclama que se hagan públicos los memorándums internos que acreditan la eficacia de las torturas a la hora de prevenir otros ataques.