Ni Chanel es Chanel, ni Dior es Dior, ni Gianfranco Ferré es Gianfranco Ferré, ni Yves Saint Laurent es Yves Saint Laurent. Entendámonos. Cuando estos históricos diseñadores pasaron a mejor vida, sus casas de moda se apresuraron a prepararles unos elegantes y solemnes funerales e inmediatamente nombraron a sus sucesores. Como en las mejores dinastías. Del cortejo fúnebre al consejo de administración. Sin tiempo que perder. A creador muerto, modisto puesto. A este negocio hay que garantizarle larga vida porque en juego hay un botín de miles de millones de euros y un porrón de puestos de trabajo.
Pese a su influyente peso económico, estas lujosas empresas cada vez se juegan más su futuro a la ruleta rusa al apostar por modistos jóvenes y desconocidos, aunque sobradamente preparados. Así que luego pasa lo que pasa y muchos no aguantan ni una temporada. Un año permaneció la elegante Alessandra Facchinetti al frente de la dirección creativa de Valentino. Encadena fracaso tras fracaso, ya que antes de recalar en la casa del 'emperador' romano trabajó para otro estandarte del diseño italiano -Gucci- con idéntico resultado. Salió por la puerta de atrás a las primeras de cambio. A los dueños no les tembló el pulso al ponerla de patitas en la calle. Cierta o no, corre una leyenda. Alessandra no vendió ni un solo traje de la colección de alta costura de Valentino.
Los modistos corren una suerte parecida a la de esos futbolistas que llegan a los equipos con la etiqueta de estrellas sin terminar de justificar nunca sus costosas contrataciones. Muchos cracks del diseño también se la pegan. Las pasarelas se mueven con cifras mareantes y se lanzan a la caza de los mejores. Unas veces aciertan de pleno al apostar por jóvenes promesas -Nicolas Ghesquière resucitó Balenciaga del mismo modo que el italiano Riccardo Tisci modernizó una Givenchy bastante apolillada- y otras se decantan por nombres consagrados, como los fichajes de Galliano por Dior y Marc Jacobs por Louis Vuitton. Rara vez echan mano de la cantera y confían el futuro a gente de la casa. Valentino es una excepción. Tras despedir a Facchinetti, delegó su confianza en Pier Paolo y Maria Grazia, responsables hasta ahora de la línea de complementos. Aunque ninguna fórmula garantiza el triunfo.
Sin piedad
Al contrario. Muchas de las últimas operaciones se han saldado con sonoros fracasos. La paciencia se agota pronto en una industria tan efímera y necesitada de resultados inmediatos. El grupo Puig demostró muy poca cintura con Olivier Theyskens -el protegido de Anna Wintour-, pese a sacar del olvido a una decadente Nina Ricci y recibir el elogio unánime de la crítica. Justificaron su despido en la conveniencia de «reorientar» la estrategia de la compañía. Lars Nilsson tampoco aguantó un asalto en Gianfranco Ferré y Chloé trató a Paolo Melim como un trapo sucio al repasar los nefastos resultados económicos de sus colecciones. Así se las gasta esta industria. Actúa sin piedad con quien económicamente no da la talla. Este macabro carrusel de fulminantes despedidos se completó en la pasada Semana de la Moda de París con la última colección de la croata Ivana Omazic para Céline. De momento. Porque la cosa no tiene pinta de parar.
Pero ¿qué pasa en este glamuroso mundo para que las casas anden de cabeza hasta dar con su creador ideal? Brian Atwood, que ha reinventado la firma alemana Bally, da algunas pistas: «Tienes que intentar ser nuevo, pero respetando la historia que subyace detrás de la marca». Ha salvado la papeleta siendo fiel a la esencia de Bally sin cambiarla radicalmente pero «modernizándola desde el respeto a sus valores y estética». No debe de andar descaminado porque cuentan que la resurrección de Gianfranco Ferré por parte del dúo formado por Tommaso Aquilano y Roberto Rimondi ha radicado en mantenerse fiel a los códigos del fundador.
El problema es si un diseñador con «ideas poderosas» es capaz de domar sus «propios instintos». Esta es la pregunta que plantea la todopoderosa Suzy Menkes, una de las voces con mayor crédito en este mundo. Claro que los modistos no son tontos. Todos saben dónde se meten. Hay una máxima: las casas más legendarias intentan evitar que los herederos hagan sombra a los maestros. Los quieren mansos. Cuando Tisci tomó las riendas de la firma que Audrey Hepburn elevó a los altares de la elegancia, Givenchy le dejó claro que debía «aparcar» sus ambiciones personales.
Aunque tampoco conviene lamentar el destino de estos cachorros millonarios que saltan de una firma a otra. Ofertas no les faltan. Como en el fútbol. El defenestrado Theyskens suena ahora como recambio en Halston para un Marco Zanini trabajando ya para Rochas, mientras Peter Copping, mano derecha de Jacobs, se postula como el nuevo gurú de Nina Ricci, y Chloé confía en Hannah MacGibbon, antigua directora asistente de Valentino para reflotar una compañía que relanzó Phoebe Philo, actual mandamás de Céline. La moda es un pañuelo en el que creadores de otra época reinan después de muertos e intentan envolver en el anonimato a los modistos contemporáneos.