No tienen razón los internautas que piden la dimisión de la ministra González-Sinde por la simple razón de haber sido en su vida civil una defensora de los derechos de autor.
Es más, presuponer que la nueva ministra vaya a actuar de forma deliberada y vengativa contra el universo de Internet es algo tan extemporáneo como precipitado. Ahora bien, entiéndase que antes de su acceso al cargo la ministra era guionista y cineasta, profesiones especialmente maltratadas y golpeadas por la piratería de Internet, un grave problema que precisa de alguna solución. Evidentemente, ni todos los blogueros, ni tampoco todos los internautas actúan ilícitamente o vulneran la legislación sobre la propiedad intelectual, con lo cual resultan rechazables algunos excesos cometidos por los distintos gobiernos occidentales. Me refiero al canon o a la voracidad recaudatoria. Sin embargo, el uso indiscriminado e ilícito del P2P ha destrozado la industria musical, ha robado literalmente millones de euros por derechos de autor y ahora amenaza con hacer lo mismo en el ámbito del cine. Lógico es, por lo tanto, que no sólo la ministra de Cultura se considere una defensora de la propiedad intelectual, sino también que los diferentes gobiernos europeos estén desarrollando o se propongan desarrollar nuevas medidas legislativas contra la piratería. Porque algo habrá que hacer, sin duda, cuando en España se descargan ilegalmente todos los años más de doscientos millones de producciones y cuando el 52% de los usuarios de Internet tienen a bien bajarse a su ordenador películas pirateadas. ¿O no?
ARTE
¿Picasso ladrón?
El mayor robo de la historia del arte ha vuelto a ser recordado con profusión de detalles y anécdotas hasta ahora desconocidas. Me refiero al legendario robo de la Mona Lisa, ocurrido en el atardecer del 20 de Agosto de 1911. Un suceso extraordinario que convulsionó a la opinión pública en todo el mundo, sobre el que ahora se publica un libro revelador. Tan revelador, sí, como para desgranar todas y cada una de las vicisitudes por las que pasaron Pablo Picasso y el poeta Apollinaire, sospechosos iniciales de haber robado del Museo de Louvre la obra maestra de Leonardo. Publicado en Inglaterra con el título 'La Mona Lisa perdida: La crónica del mayor robo de la historia del arte' (Ed. Bantam Press), sus páginas cuentan cómo Picasso y Apollinaire actuaron en todo momento como verdaderos culpables, ya que mientras el primero tenía antecedentes por haber comprado objetos de arte robados, el segundo había propuesto algún tiempo antes la quema del Museo de Louvre, alegando que allí se «encarcelaba al arte». Apollinaire fue detenido y la policía llegó a personarse en el apartamento de Boulevard de Clichy, donde Picasso convivía con Fernande Olivier. Incluso, los dos llegaron a planear su huida de París y hasta la destrucción de cualquier otro objeto robado que pudiera incriminarles. Afortunadamente, el tiempo demostró la inocencia de ambos: dos años y medio después del robo, su autor fue detenido cuando intentaba vender el cuadro a la Gallería degli Uffizi. Picasso quedó libre de toda sospecha y, poco a poco, se convirtió en el gran hacedor de la modernidad artística.
CULTURA PÚBLICA
Defender Rekalde
Triste es que la Sala Rekalde languidezca de aburrimiento o se sobresalte a veces con la estupidez de algún creador que no entiende bien la preponderancia de la razón humana sobre la libertad de expresión. Pero triste es, también, que no se entienda el papel y la necesaria existencia de un espacio público alternativo que ocupa su lugar en la oferta cultural de la ciudad. Un espacio que surgió como feliz prólogo del Guggenheim, al que después el Gobierno vasco amputó la mitad de sus medios, retirando la aportación presupuestaria. Algo igualmente triste para una sala pública que alcanzó cotas de excelencia con exposiciones notables como las de Sol LeWitt, Andy Warhol y muchas otras más. Con todo, la Sala Rekalde ha seguido hasta ahora de forma precaria, con medios ajustados y a veces con algunas meteduras de pata, pero ocupando siempre en la oferta artística un espacio que no interesa a otras instituciones museísticas. Un espacio alternativo, experimental y vanguardista, al que cualquier ciudad cosmopolita y culto del mundo prestaría atención y otorgaría una posibilidad. Porque una cosa es que la Sala Rekalde no haya sabido ni querido últimamente superar su burocracia funcionarial para vender a la ciudadanía exposiciones a veces más que interesantes, y otra bien distinta que nuestra inveterada afición al paletismo conservador rechace, porque no las entiende, no sólo excelentes exposiciones o propuestas ciertamente interesantes, sino incluso la mera existencia de un arte menos conocido y difícil o más emergente y complejo.