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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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Cuestionado política, económica y artísticamente, el recinto de exposiciones ha perdido en los últimos años «su conexión con la ciudad»

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El declive de la sala Rekalde
La sala Rekalde no ha conseguido despertar en los últimos años el interés del gran público. / JORDI ALEMANY
El reciente cese de Pilar Mur es sólo el último exponente del progresivo declive que ha experimentado la sala Rekalde en los últimos años. Cuestionado politica, económica y artísticamente, el recinto de exposiciones de la Diputación ha ido perdiendo protagonismo en el panorama cultural y, por extensión, se ha ido dejando también gran parte de su «conexión con la ciudad». Esta es, al menos, una apreciación que circula entre amplios sectores de la sociedad bilbaína, que coinciden también en reclamar una revisión profunda de los «objetivos» y el «funcionamiento» del centro cultural, enclavado en pleno corazón de Bilbao, pero «cada vez más empequeñecido» al lado del Guggenheim y el Museo de Bellas Artes. Consideraciones que se repetían con insistencia entre muchos críticos especializados y que han recobrado plena actualidad con la destitución de la directora de la pinacoteca, que llevaba en el cargo desde 2001, por cuestionar una decisión de la diputada foral de Cultura, Josune Ariztondo, que ha solicitado comparecer ante las Juntas Generales para explicar los cambios que se producirán a partir de ahora.
Inaugurada a finales de 1991 con aportaciones de la Diputación y el Gobierno vasco, la sala Rekalde se convirtió durante sus primeros años de vida en uno de los principales referentes artísticos de la villa. En este espacio se exhibieron algunas de las más importantes obras de arte -Chillida, Picasso, Matisse, Warhol...- que recalaron en la capital vizcaína hasta la inauguración del Guggenheim, en 1997. Bajo la supervisión de Javier González Durana -su director desde la inauguración-, el recinto se amplió en 1995 creando una segunda galería dedicada al arte más experimental, que se debía convertir en la depositaria de las actividades que ya venía desarrollando con jóvenes artístas vascos. Una actividad que dejaba el espacio principal para las grandes muestras internacionales, su objetivo fundacional.
Todo cambió con la eclosión del museo diseñado por Frank Gehry. Empezaron a surgir voces que cuestionaban la utilidad de un «tercer museo», que no ocultaban sus dudas al analizar el panorama que se abría ante la sala a partir de ese momento. En 1997, antes de romper cualquier tipo de vínculo con la sala, el propio Gobierno vasco planteó la posibilidad de delegar la gestión del recinto en el Museo de Bellas Artes. La Diputación, que es la propietaria del inmueble, la rechazó y optó por mantenerla en solitario.
«Errática» programación
En este contexto, Pilar Mur accedió a la dirección de la pinacoteca en 2001, poco después de que González Durana se desplazase a Vitoria para impulsar los inicios del Artium. La galería se asentó como un espacio abierto a las nuevas vanguardias del arte. Y, según se apunta desde diversos medios, pronto empezó a percibirse el declive de la misma.
En los últimos años, el descontento con el funcionamiento del recinto de exposiciones se había manifestado en diversos ámbitos. En distintos círculos artísticos se llamaba la atención sobre el rumbo que había tomado la sala, tanto en lo que se refiere a una «errática programación», sin apenas gancho para los visitantes, como a la «ausencia de metas» a medio y largo plazo. «Durante años, el único objetivo de las actividades de la sala Rekalde ha sido justificar su propia existencia», asegura el juntero del PP Arturo Aldecoa, que ha solicitado en numerosas ocasiones un replanteamiento de la galería.
«Izquierda radical»
Los mismos medios denuncian que, a la hora de organizar exposiciones, la dirección de la sala se ha inclinado en los últimos años hacia un sector más ligado al arte conceptual vasco y, sobre todo, «más próximo a sectores de la izquierda radical», hasta el punto de politizar el quehacer cultural de la sala.
Entre las fuentes consultadas por este diario, se repiten también las críticas hacia los «altos costes» económicos del recinto, que supone un gasto a las arcas forales cercano al millón de euros anual. No obstante, en los últimos años, la Diputación ha reducido la partida presupuestaria que le destina cada año.
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