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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

Vizcaya

DE CUANDO EN CUANDO

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E l progreso va mejorando poco a poco no sólo los detalles importantes, sino también los pequeños. Yo suelo decir que el verdadero progreso se nota precisamente en los pequeños detalles, porque los problemas importantes ya están resueltos y los inventores dedican su ingenio a resolver los detallitos.
Al hablar de los detalles pequeños voy a detenerme hoy en los sellos de correos, esas pequeñas estampillas que hoy pegamos en las cartas y que, según he podido leer en el insondable y polifacético Internet, se inventaron en el año 1840. Pero no quiero hacer historia de los sellos, sino detenerme en el detalle de su progreso tanto técnico como artístico.
Antaño los sellos de correos llevaban simplemente el perfil del jefe del Estado y hoy se ofrecen en una serie muy variada de estampas y dibujos que animan mucho la filatelia, una afición que nunca he entendido del todo por lo complicada que es; ya en este mundo actual hay más sellos que estrellas en la Vía Láctea, por poner un símil expresivo.
Pero a mí lo que más me agrada de los sellos es el progreso técnico que nos ha evitado para siempre el uso de la lengua a la hora de pegar la estampilla en el sobre. Operación poco grata, porque la goma de los sellos sabía a suela de zapato y dejaba en la lengua un sabor francamente desagradable.
Yo pensaba que aquello tenía que ser así porque la goma tenía que saber a goma, hasta que un día, utilizando una de las ofertas de la famosa revista 'Selecciones', tuve que pegar un sello en la tarjeta de petición. Al utilizar la lengua con un sentimiento de resignación, me llevé la gran sorpresa: la goma del sello sabía a fresas con nata.
Afortunadamente, el progreso nos ha resuelto ya hasta el problema del pegamento postal. Ahora los sellos, además de ser muy bonitos y artísticos, se venden con el sistema adhesivo incorporado y se pueden pegar sin usar la lengua. Claro que también ha mejorado el precio. Aquellos sellos que hace un siglo costaban cinco céntimos hoy valen cincuenta y dos pesetas. El progreso no da nada gratis. Se cobra todos sus favores a tocateja.
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