Hay luz al final del túnel, pero también mucho dolor y oscuridad antes de llegar. Ése fue el mensaje de Barack Obama, que ayer aguó la fiesta a los mercados con una advertencia: «Es hora de imponer nuevas y duras reglas en el camino de Wall Street para asegurarnos de que nunca volveremos a encontrarnos en esta situación», anunció.
Al índice Dow Jones se le torció inmediatamente la sonrisa con la que había empezado el día. Flamante con beneficios inesperados, el antiguo banco de inversión Goldman Sachs daba a conocer la venta de 5.000 millones de acciones para hacerse con la mitad de lo que debe al Gobierno y librarse así de su yugo. Era el segundo banco que en una semana sorprendía con ingresos mucho mayores de lo esperado en esta época de crisis financiera, después de que Wells Fargo reportase la semana pasada 3.000 millones de dólares en ganancias.
El cielo de Nueva York estaba nublado y amenazaba tormenta, pero en Wall Street no veían más que sol en la palabras pronunciadas por Ben Bernanke. El presidente de la Reserva Federal deletreó «señales tentativas» de que se frena el deterioro. Los números de la venta de casas, el gasto del consumidor y hasta la venta de coches le dan la razón.
Poco después retornarían los truenos. Las ventas minoristas de marzo han caído un 1,1%, comunicó el Departamento de Comercio. La mayor caída de los últimos tres meses, propiciada precisamente por el sector automovilístico, además de por las tiendas de ropa, de electrodomésticos y de muebles.
Obama lo terminó de poner todo en su sitio. «Las buenas noticias son bienvenidas, pero no significa que los malos tiempos se hayan terminado. 2009 continuará siendo un año difícil para la economía estadounidense. La severidad de la recesión causará más pérdidas de empleo, más embargos y más dolor antes de que acabe. Los mercados subirán y bajarán. El crédito sigue sin fluir ni mínimamente como debería». Y así seguía la letanía, que avanzaba más medidas impopulares empezando por la aseguradora AIG, a la que ya se han inyectado 170.000 millones de dólares, en parte malgastados con bonos multimillonarios. «Os lo prometo, nadie está más frustrado que yo con AIG», dijo el presidente, fuera del guión.
Una señal
El guiño a los contribuyentes de que no se le ha pasado castigar la avaricia del mundo financiero traía consigo la explicación de que la reestructuración debe hacerse una vez recuperada la estabilidad y «de forma ordenada para que no induzca el pánico en los mercados», que tienen a la sociedad por rehén.
El primer paso para construir los pilares de la nueva economía sobre roca, en vez de sobre arena, dijo en una inusual referencia bíblica, es «reformar reglas y regulaciones anticuadas que para empezar permitieron que esta crisis ocurriera». Al aceptar que Washington tuvo parte de la culpa, también prometió «reglas que castiguen los atajos y los abusos y aten el sueldo de la gente al rendimiento real de su trabajo».
«Simplemente no es sostenible tener un sistema financiero del siglo XXI que sea gobernado por las reglas y regulaciones del XX, que permitieron la imprudencia de unos cuantos y amenazar a toda la economía», recordó. «No es sostenible tener una economía en la que en un sólo año el 40% de nuestros beneficios corporativos vinieran del sector financiero, basado en precios inflados de las casas, tarjetas de crédito sobreextendidas y activos de bancos sobrevaluados».
El objetivo del discurso presidencial en la Universidad de Georgetown de Washington DC, anunciado a bombo y platillo por la Casa Blanca, no era tanto dar noticias como permitir a Obama contestar a sus críticos y a las preguntas airadas que se hacen los contribuyentes. Pedir tiempo en una ciudad «caracterizada por la impaciencia y un lapso de atención que se ha hecho más corto con el ciclo de 24 horas de noticias, y la insistencia en gratificación instantánea en forma de resultados inmediatos o mejores números en las encuestas».
Necesitará de esa paciencia que busca, porque «de ninguna manera hemos salido del bosque todavía», admitió. Tan sólo se alcanzan a ver «rayos de esperanza» y, «muy en la distancia», un futuro de EEUU mejor que el atribulado pasado económico.