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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 29 mayo 2012

Cultura

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Muere el escritor Javier de Bengoechea, que fue también director del Museo de Bilbao y crítico taurino

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Adiós al poeta irónico y modesto
El escritor, hace tres años, con el volumen que recogía toda su poesía. / M. LÓPEZ
Miguel de Unamuno, Blas de Otero, Gabriel Aresti, Ángela Figuera y Javier de Bengoechea. Ese era, y será para siempre, el quinteto de grandes poetas bilbaínos. El último de ellos, que estaba considerado por muchos el mejor poeta vasco vivo en lengua castellana, murió el domingo en Neguri. Nacido en Bilbao el 20 de agosto de 1919, abogado de profesión y amante de las letras, la pintura y los toros, Bengoechea reunió en sus versos todos estos amores. Prueba de ello dan sus obras completas, editadas por la Universidad del País Vasco bajo el título de 'A lo largo del viaje' hace tres años y que contenían sus últimos tres poemarios, hasta entonces inéditos.
No es extraño que tardara tanto en publicarse la poesía completa de Javier de Bengoechea y Niebla. Hasta ese 2006 de su puesta bajo los focos de nuevo (y durante cuya presentación apenas habló, prefirió que fueran otros los que lo hicieran) había estado 40 años alejado del circuito editorial. No es algo tan raro por estas latitudes, pero extraña siempre que se hace de forma voluntaria y cuando la calidad de la obra está demostrada. Porque el poeta había ganado en 1950 un accésit del Premio Adonais y, cinco años después, el premio mismo con 'Hombre en forma de elegía'. En 1959 fue finalista del Boscán con 'Fiesta nacional'. Se codeó con Celaya y Otero y hasta llegaron a confundir sus estilos.
Pero lo suyo no era la poesía social y él lo entendió enseguida. «Yo admiraba esa poesía comprometida, sobre todo porque en aquellos tiempos nadie se atrevía a decir algunas cosas, pero no la escribía», recordaba al presentar su poesía completa. Se retiró, no sin ironía (que no le faltó ni cuando rondaba los 90 años). La guerra, las plazas de toros, la lengua, la religión, eran parte de sus temas, y era otra cosa lo que se pedía y lo que estaba bien visto.
Se guardó sus poemas y sólo reapareció para publicar un libro sobre pintura en 1994. Los cuadros eran su pasión. No en vano fue director del Museo de Bellas Artes de Bilbao desde 1973 y hasta la Transición, cuando fue destituido de repente (y de nuevo se fue sin hacer ruido). Antes, había tenido mucho que ver en el desarrollo de la pinacoteca; fue uno de los jóvenes de la burguesía vizcaína que apoyaron la Sala Stvdio, aquella que en el Bilbao de la posguerra se dedicaba a traer a la Villa la obra de autores de vanguardia.
Los toros fueron su otra debilidad y a ella dedicó su pluma bajo el seudónimo Tabaco y Oro, con el que firmó sus críticas en EL CORREO en los años ochenta.
Irónico, melancólico y modesto, ha abandonado ya lo que él mismo llamó «el largo camino».
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