«Lo más cercano era el mar; su inmovilidad y su fuerza me han apasionado siempre, desde que era un crío. Desde entonces vivo buscando el momento mágico, ese instante en que todo cobra vida para atraparlo con mi cámara», dice Rafa Aspiunza (Bilbao, 1961), un fotógrafo aficionado que ha volcado toda su pasión por el mar en las aguas del Cantábrico.
«Mi afición por el mar empezó siendo niño. Lo tenía fácil, vivía a 200 metros de la playa y del embarcadero, en Getxo, y allí jugaba con mis amigos. Pasaba todo el día en el agua. Las vacaciones también tenían que ver con el mar; navegaba con mi padre en el 'Kino', un pequeño bote de remos que aún conservo. Después vino el surf, al que he dedicado miles y miles de horas, y la vela», apunta Rafa Aspiunza.
La fotografía es también otra afición heredada, una cuestión de familia que se le ha quedado adherida a la piel. Con la vieja 'Yashica' que le agenciaba a su padre en algún momento de descuido, Aspiunza fijaba desde adolescente en negativo todo lo que veía a su alrededor. «Mis dos grandes aficiones han casado hasta ser mi verdadera pasión, mi gran pasión por el mar y por la fotografía», apunta este comercial informático que ahora expone su obra en los salones del Gran Hotel de Portugalete (sólo hasta mañana). La muestra empareja series de imágenes: el frente costero de Castro Urdiales y El Abra, veleros pujantes y veleros clásicos como el 'Pen Duick', las hermosas moles metálicas de los mercantes...
Los acantilados vascos
Aspiunza se declara «impactado» por la belleza de la costa cantábrica, fuente de sus primeras fotos de paisaje. «Azkorri, San Juan de Gaztelugatxe, los acantilados de Uribe Costa, Laga, Ogoño, el Urdaibai... son todos lugares únicos. Me gusta ver la tierra desde el mar, mostrar las formas de los acantilados y el océano tal como es, en sus diferentes estados; desde la calma más absoluta a la ciclogénesis explosiva del pasado mes de febrero que mostró el mar en toda su violencia... Y me encanta la Ría; aunque en estos últimos años ha perdido gran parte de ese poderío industrial y de esa decadencia que tenía... Sé que he llegado tarde, que me he perdido lo mejor: los astilleros, los antiguos oficios, los barcos, sus veteranos trabajadores... Aun así, paso horas y horas en sus márgenes, mirándolo todo. Luego están Bretaña y Portugal -bromea-, que son mis dos países asociados... También recuerdo con mucho cariño una serie que hice en Mira, un pueblito pesquero portugués. Fotografié a los pescadores que van a la xavega. Salen al mar en una barca que es como una góndola, surfean las olas y tienden una red circular que luego arrastran desde la playa. Antes usaban vacas, hoy, emplean tractores. Es un oficio que se extingue. Fue inolvidable», dice.
Aspiunza muestra también su trabajo aficionado en una hermosa web (www.aspiunza.com) donde aparece reflejada su gran afición: buques mercantes que destilan una extraña belleza en su perfección de mecanos gigantes, veleros antiguos, paisajes de costas azotadas por los temporales, faros, la regata del Gallo con los barcos hinchando sus espís con el viento Sur de diciembre, los J80 (ligeros veleros) orzando frente al Abra...
Ahora Aspiunza se ha centrado en inmortalizar las líneas húmedas de los veleros clásicos, los 'Pen Duick', el 'Tuiga' (el barco de representación del Principado de Mónaco) y los encuentros de naves casi centenarias firmadas por el arquitecto naval William Fife, un genio de la mesa de diseño. «Los franceses son los reyes de la fotografía en el mar: Plisson, Jacques Vapillon, Gilles Martin, Raget... son mis grandes maestros», dice Rafa Aspiunza, el fotógrafo vizcaíno que mira al mar.