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12.04.09 -

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En octubre de 2004, dentro de la 'Operación Santuarios' que desmanteló sus arsenales estratégicos, ETA perdió los dos misiles antiaéreos destinados a llevar a la práctica sus elaborados planes de magnicidio. Eran de la marca SAM-18, de fabricación rusa, y del modelo Igla, los más modernos y perfeccionados del mercado negro internacional. Se trata de una versión muy mejorada de los SAM-7 Strela, capaz de derribar un avión o un helicóptero hasta 3.500 metros de altitud y dotados de un mecanismo de rastreo infrarrojo diseñado para evitar señuelos.
Los dos ejemplares se encontraban en perfecto estado de funcionamiento y eran totalmente operativos, según el dictamen de los expertos en armamento militar del Ministerio de Defensa francés que los han examinado. Ambos estaban embalados en cajas envueltas con mantas y fueron hallados en los zulos subterráneos de Urrugne y Briscous (País Vasco francés).
Los SA-18 Igla son el resultado más sofisticado de la ingeniería armamentista soviética. Superan en eficacia por sus innovaciones tecnológicas a los SAM-7 clásicos, a la gama posterior de los Strela y a su inmediato antecesor, el SA-16. Un ejemplar de este último tipo derribó, en abril de 1994, el avión del presidente de Ruanda en las inmediaciones del aeropuerto de Kigali en un atentado que desencadenó el genocidio interétnico.
Manejable por un solo hombre, el SA-18 es un misil antiaéreo que se dispara al hombro. Guiado por el calor, está concebido para abatir aviones o helicópteros en vuelo a baja cota. Su cabeza buscadora infrarroja, con una carga de 1.270 gramos de explosivo rompedor, incrementa la resistencia a las contramedidas electrónicas. Las mejoras aerodinámicas le confieren un alcance de 5,2 kilómetros y una velocidad de 520 metros por segundo. Pesa unos 14 kilos y mide 1.340 centímetros. Tras la disolución de la Unión Soviética, muchos de estos misiles llegaron al mercado negro por la inseguridad de sus arsenales y la corrupción en el ejército.
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