-¿Cree usted que el amor apasionado de sus novelas aún sigue vigente?
-Pues claro. El sexo, como yo lo llamo, mueve el mundo, todo, la vida, las grandes operaciones bancarias...
-Sexo es precisamente lo que falta en sus libros. Todo acaba en esos «besos redondos», como usted los llama.
-Es que yo siempre insinué, no sólo por la censura, sino también porque considero que el lector tiene derecho a usar su imaginación. Entré una vez en un librería y vi a una señora que tenía separadas ocho novelas mías. Le dije quién era y le pregunté si le gustaban.
-¿Qué le contestó?
-«Tiene usted el infierno ganado. Cuando mete a las parejas en la habitación y cierra la puerta...». «No, señora, no», le respondí. «Es que usted tiene la indiscreción de entrar con los que se encerraron».
-La insinuación es más erótica.
-Cuando los hombres ven en la playa a una mujer en bañador, no se les mueve nada. Pero si cruza las piernas en una cafetería, enseguida se les nota la calentura.
-Las protagonistas de sus novelas buscan la seguridad en el hombre.
-En eso sí que han cambiado. Ahora van más que los hombres a la universidad y eso debería preocuparles. Yo no soy feminista, soy partidaria de la igualdad. El que más puede, más tiene; el que más trabaja, más recopila.
-¿Se alegra cuando se habla de una mujer que ocupa un puesto importante, o de una científica premiada?
-Me alegra muchísimo, porque pienso que la mujer va adquiriendo lo que siempre le perteneció. Ahora, las leyes las siguen haciendo ellos, y ¿quién no tira para su casa?
Debilidad por el sexo
-¿No cree que ahora los hombres son más sensibles?
-Me gustan los hombres que lloran. Antes era una vergüenza. Hoy el hombre llora delante de la mujer. Eso es normal y muy beneficioso, porque así nunca intentará ser el jefe de su pareja, sino su amigo, su compañero, su colaborador.
-Pero abundan los casos de malos tratos.
-El que pega, automáticamente se humilla. Es débil, ignorante, aunque esté muy valorado en su carrera profesional. Yo fui una mujer maltratada.
-¿Cómo?
-Yo me separé a los cuatro años de casarme por sevicias, por malos tratos psicológicos. A mí me daba pena, porque yo a mi marido, que era vasco, lo quería a mi manera. Pero fue cobarde, tenía un complejo que se moría. Con una simple carta que me llegase ya se montaba el lío, y fíjate tú las cartas que me podían llegar en los años sesenta. ¿Por qué las iba a recibir él? ¿Qué había hecho en este mundo?
-Todas sus historias acaban en boda.
-En los años en que yo escribía estas novelas, había que casarse. Hoy la gente se une con una base sentimental sólida, aunque yo tengo dos hijos casados, y bien casados, y felices, y lo digo porque viven conmigo y los veo. Ahora, para mí que los hombres sois un poco débiles.
-¿Por qué lo dice?
-Porque cuando se os pone una mujer delante, caéis, guapín, caéis. Lo veo, lo vivo. Basta con que una mujer ponga una carita para que vayáis detrás de ella, como debiluchos.Tenéis debilidad por el sexo.
-Eso no tiene por qué ser negativo.
-Claro que no, eso es la felicidad, vayamos a por ella. ¿Entendido?
-¿Se ha perdido la galantería?
-Sí, y es una pena. A la mujer le gustaba que le echaran piropos. Ahora sólo salen de los que están encima de un andamio, y además suelen ser groseros. Pero ese piropo galante, fuera de un albañil o de un ingeniero, eso gustaba.Y si la mujer ponía cara de vinagre, mentía, mentía.