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Cultura

12.04.09 -

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Hace casi veinte años, me propusieron hacer la biografía 'autorizada' de Corín Tellado. Fue un verano de entrevistas, largas y en su casa, de lecturas, me leí quinientos libros seleccionados entre los miles de títulos de esta mujer porque yo, confieso, jamás la había leído. Me impresionaron de ella muchas cosas, pero, sobre todo, esa sensación, terrible, y confesada por ella, de «haber perdido el tren» de su vida. Fueron palabras textuales. Corín podía haberse largado a vivir a Miami, donde tenía un público incondicional y leal, haber llevado una vida dorada como le diera la gana y con el respeto debido a quien hacía rica a la editorial que la publicase. Pero no, se quedó en Gijón, pequeña ciudad asturiana con todos los matices, para lo bueno y lo malo, de una pequeña ciudad provinciana.
¿Por qué? Debió ser mi asombrada pregunta. Corín, para entonces ya sin fumar, pidió a Rosita otro café y, con la voz ronca de fumadora empedernida y ese hablar suyo como entre dientes al cual tardé semanas en acostumbrarme, dijo «para demostrarles que saldría de ésa con honor». «Ésa» era ni más ni menos que el honor de ser una de las primeras 'separadas' en una ciudad donde la burguesía, o quienes aspiraban a ella, jamás de los jamases se separarían por más cuernos o humillaciones que soportasen bajo techo. Ella era famosa por escribir novelas 'rosas' cuya especialidad, y eso fue un acierto, consistía en la perfecta descripción de los besos (a veces más de diez páginas para uno de ellos), y separarse de un marido padre de sus dos hijos, sumaba al cotilleo de la provinciana ciudad un morbo impensable.
Cuando la entrevisté se arrepentía de tal decisión. Por ello, con todo lo que de ella supe aquel verano, la sensación que permanece es la compasión. En el sentido más filosófico del término, porque se obligó a la infelicidad, ella que a todas sus heroínas las colocaba en el más hermoso de los mundos sentimentales.
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