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El madrileño toma ventaja, aunque de sólo ocho segundos, sobre Samuel, Evans y Colom

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La respuesta de Arrate es Contador
Contador celebra su triunfo en Arrate. / FERNANDO GÓMEZ
Todo eran preguntas en la salida de Villatuerta. A resolver 172 kilómetros más allá, en la cima de Arrate. Pero la respuesta se adelantó al kilómetro 55, en mitad de la subida a Azazeta. Cuando el equipo Astana cogió las riendas del desbocado pelotón. Impuso el orden. Ahí se escuchó la contestación. Todas las preguntas tenían un nombre por respuesta: Contador. El del Tour, el Giro y la Vuelta. El de la Vuelta al País Vasco de 2008. El de siempre. El que ayer ganó en la meta del santuario. Su equipo convirtió cada curva de la subida a Arrate en un apeadero. A cada giro se bajaban del podio un par de canditados. Mediado el trayecto ascendente, Contador miró atrás. Gesto delator. Es su interruptor. Mecha. Su revoloteo. De puntillas. Le sirvió para descorrer en solitario la cortina de público que le jaleaba. Y para sacar tiempo, aunque sólo ocho segundos, a Evans, Samuel y Colom. Los cuatro de la Vuelta. Tan juntos. «Esto está aún muy abierto», dijo el nuevo líder. Como una interrogación. ¿Quién ganará la 'crono' de Zalla? Arrate redujo el abanico de respuestas a cuatro nombres. Y los ordenó: el primero, Contador.
También hubo preguntas en la meta de Arrate. «¿Cuánto tiempo me ha sacado?», reclamaba el líder decapitado, Luis León Sánchez. Le abatió la respuesta: «35 segundos». Ojos que se achican. Ya vestía un maillot amarillo ajeno. «¿'Quanto'?», reclamó Cunego. Malo, malo: «27 segundos». Peor para Gesink (32), Kreuziger (54), Kessiakoff (54), Nibali (54) y Rogers (54). Frank Schleck no quiso oír los dígitos de su retraso. La bastó con mirar el marcador de la meta: un minuto y 11 segundos de demora. Cabeceó y entró sentado sobre su derrota. El cántabro Cobo ni siquiera preguntó. Y tuvo tiempo: casi nueve minutos de más. Nada que preguntar, pues.
Se forma la escapada
Cuatro horas antes, en Villatuerta, el termómetro había desmentido a la primavera. Temblaba el aire. Pronto lo templaron los corredores. Temperamental etapa: 44 kilómetros en la primera hora. Las preguntas pendientes aceleraban la carrera. Todos querían respuestas. Y ahí habló el Astana. En Azazeta. Se acabó el baile. Tras ese puñetazo sobre el piso, se formó al fin la escapada: Cuesta, Tschoop, Botcharov, Genderman, Nocentini... En las manos de ninguno de ellos estaba la respuesta del día. Corría por detrás. Era de tono azul celeste, el color nacional de Kazajistán, el país del Astana. La fábrica donde trabaja Contador. Al tajo. Eso hizo el Astana. Pronto. A 'currar'. Madrugador. No aguardó a la segunda subida a Arrate. Contestó en la primera. A la primera.
Ritmo brutal. «Es que si no, el puerto final iba a ser fácil». Palabra de Contador. Horner, uno de los suyos, cogió de la mano al madrileño. Le llevó. Sobre un asfalto bien tatuado de nombres ciclistas y de reinvidicaciones laborales. Crisis. Económica y de alientos. Horner impuso la asfixia. Donó su oxígeno a Contador. Ojos grandes. Ojos que se dilatan con la montaña. El puerto de San Miguel, el penúltimo, no dijo nada. No hacía falta. La respuesta se adelantaba siempre a la pregunta: el Astana seguía anunciado a Contador. Y el líder León boqueaba. Sin aire para contestar nada.
Euskaltel, en el descenso
Para colmo, el Euskaltel incendió el descenso a Eibar. Etapa cuesta abajo. La emoción que asciende. Como la carretera hacia Arrate. Todos los caminos del ciclismo eibarrés suben hacia el santuario. La ruta rotulada por los triunfos de Loroño, Barrutia, Bahamontes, Julito Jiménez, Poulidor, Ocaña, Roche, Induráin... Respuestas de leyenda. La herencia de una carrera histórica. Popular. Eso dijeron ayer las cunetas, convertidas en dos filas de voces. Culto ciclista en la ruta del santuario.
Querían verlo. Escuchar cómo se resolvían las preguntas. Horner las aclaró. Estadounidense, rapado, de carácter corsario. Hasta vivió en un autobús mientras iba de carrera en carrera. Un mochilero. Y un buen escalador. Tanto que su ritmo sólo lo soportaron Contador, su jefe, más Cunego, Evans y Colom. Samuel Sánchez se encogía. Aquel no era su ritmo. No tuvo respuesta inicial, aunque sí habló luego. Se midió bien. Dejó que otros contestaran antes y que después pagaran su precipitación. Roncos. Si la respuesta final a Arrate iba a llamarse Contador, mejor dedicarse a seguir a los demás. Eso hizo el asturiano. Y así se metió en el trío que aún puede cambiar el apellido de la Vuelta. Samuel, Evans y Colom fueron los únicos que llegaron con algo de voz a Arrate. A ocho segundos del que respondió ayer.
Arriba, a Contador aún le preguntaron algo más: ¿Ha sido un gran día, no? «Los he tenido mejores». Como si ya no se sintiera en plenitud. ¿Duda? A eso ya contestará la contrarreloj de Zalla.
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