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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 29 mayo 2012

Política

POLÍTICA

Cuando se disponía a dar un golpe de efecto para reactivar la proyección del Gobierno y movilizar a la militancia socialista, Zapatero ha visto cómo alguien desbarataba su plan

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Las cábalas sobre el alcance de la remodelación de Gobierno que tendría prevista el presidente Rodríguez Zapatero se despejarán probablemente hoy. Pero lo ocurrido con las informaciones que han trascendido al respecto demuestra que ni siquiera la impenetrable gestión que el presidente acostumbra a hacer de sus designaciones y ceses está exenta de filtraciones involuntarias o interesadas. El anuncio reiterado durante semanas de que Zapatero se disponía a introducir cambios en el Gobierno se hizo especialmente patente tras las elecciones autonómicas en Galicia y Euskadi. El revés electoral sufrido en la primera no podía compensarse con el triunfo político cosechado por los socialistas en la segunda. Pero ninguna de las otras dos causas que explicarían la remodelación -la inapreciable respuesta gubernamental a la crisis y la inanidad de determinados responsables ministeriales- son ajenas a la responsabilidad del Presidente.
Las carencias que el Ejecutivo ha podido mostrar frente a la crisis parten de la obstinada renuencia de Zapatero a aceptar los datos del inexorable declive económico en España. Resulta difícil que un Gobierno active a tiempo sus siempre limitados resortes ante una debacle global cuando su máximo responsable se esfuerza en trasmitir un discurso confiado en que el impacto de la misma será menor o en que sus efectos se superarán en corto plazo. Por inexplicable que sea la imagen de indolencia que el vicepresidente Solbes ha trasmitido a menudo, por problemático que haya resultado su control sobre el destino de las finanzas públicas frente al afán más proclive al déficit de los titulares de otras carteras ministeriales, nada ha pesado más que la tardanza de Zapatero en admitir las evidencias de la crisis. Esta resistencia puede ser en parte comprensible, puesto que todo gobierno tiene la obligación de preservar la confianza del país en sus propias energías y en su futuro. Pero cuando el optimismo excede lo razonable, suscita sobre todo desconfianza respecto a la versión oficial de lo que acontece y de lo que está por venir. Solbes había sido taxativo al advertir de que los recursos públicos frente a la crisis estaban ya agotados. El año acaba de comenzar, y aunque el actual vicepresidente se mostrase excesivamente rácano como administrador de la hacienda de todos, no es fácil que el equipo entrante sea capaz de obrar el milagro de la multiplicación de estímulos fiscales. A no ser que Zapatero se disponga a echar el resto en un plazo corto para salvar la legislatura, comenzando por asegurarse la victoria en los comicios europeos.
La otra causa de la remodelación podría ser la insignificancia del gobierno, algunos de cuyos ministros y ministras parecían pasar desapercibidos sin especial disgusto por su parte. La notoriedad pública entraña siempre riesgos que, en ocasiones, los responsables políticos sortean mediante su propia ocultación y evitando adoptar decisiones o elevar propuestas que pudieran trascender como errores o demandas extemporáneas. Mientras la opinión publicada se apunta a la remodelación, conviene recordar que el gobierno actual fue diseñado por Zapatero justo hace un año a imagen y semejanza del hiperliderazgo que el presidente ejerce sobre el PSOE y sobre los integrantes designados del Ejecutivo. Lo que de anodino puede tener la composición del Gobierno que aguanta hasta el regreso del presidente de Estambul se decidió después de que, en la campaña de las generales de 2008, Zapatero optara por rodearse de ministros y otros dirigentes socialistas para no afrontar los comicios demasiado en solitario. Los nombres publicados como ministrables trasmiten una idea ambigua sobre las intenciones del presidente, en tanto que permiten suponer que quiere asegurarse un mayor control sobre la iniciativa del Gobierno y que, a la vez, desea compartir el poder y los riesgos que ello conlleva, para sentirse arropado por líderes como Manuel Chaves. Ambas intenciones no son necesariamente contradictorias. Entre otras razones porque ambas perseguirían el despegue inmediato respecto al PP, sin el cual la segunda parte de la legislatura, a pesar de que se prevea la reactivación para su tramo final, se convertiría en un peligroso trecho que dificultaría una nueva reválida de la victoria socialista. El problema es que, cuando probablemente se disponía a dar un golpe de efecto que reactivase la proyección del Gobierno y movilizase a la militancia socialista, Zapatero se ha encontrado con que alguien ha desbaratado su plan, anunciándolo mientras se encontraba en una de sus contadas salidas al extranjero. El encuentro con Obama y la Alianza de Civilizaciones han acabado desdibujados ante la imagen de un presidente que hoy se verá obligado a confirmar o desmentir las informaciones periodísticas sobre la remodelación de su gobierno.
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