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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Bilbao Basket

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Los bilbaínos se quedan sin final ante la calidad de un Khimki que recuperó el brazo ejecutor de Delfino

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En el proceso de aprendizaje hay cabida para todo. Ley de vida. Alegrías que se compensan con tristezas. Virtudes que no prosperan lo que debieran cautivas de los defectos. Ambiciones que deben pagar el peaje de la realidad. En eso anda metido el iurbentia. Como adolescente que aún comienza a ser, su primer afeitado le ha provocado una ligera irritación. Pero servirá para sentar las bases de posteriores rasurados. Quiso acercarse a la fiesta con la imagen más ecléctica, pero se encontró en la fila con otros pretendientes a la misma chica, que atiende al nombre de Eurocup. Muchachos más hechos e igual de derechos que ya han probado el ponche con anterioridad. Además de la experiencia, saben de qué va la historia y siempre cuentan con un par de avezados empollones que además, tienen el físico a su favor.
Se rompió el hechizo. Sensatez manda. Se podía esperar. Uno siempre tiene la esperanza de que quienes figuran en los cromos más solicitados no tengan su noche. Que pueda más en ellos el afán de protagonismo que la cordura. Que sean las estrellas que son y que la noche presente una bruma que oculte su esplendor. Ante conjuntos con la alacena repleta, como el Khimki, es demasiado pedir. Una pena. Nada que objetar. Tragar quina también figura en los mandamientos del crecimiento.
Ya llegará
El iurbentia no jugará su primera final europea. Hubiera sido la bomba del año. Y ganarla... mejor no pensarlo. Ya llegará. Le ocurrió ayer todo lo que no quería que pasara. Para empezar, una salida fulminante de los rusos de Scariolo. Veían el aro como las puertas del Kremlin. Grandes y abiertas de par en par. Garbajosa ponía la primera piedra en la construcción del sueño ruso. Los rublos con olor a petróleo y gas fueron recaudados para ganar títulos. Pueden comenzar ya mismo a dar sus frutos.
Con un parcial de 13-2 en dos minutos y medio, el iurbentia se chocó contra un muro de granito. Acabó en el suelo, pero se levantó para seguir dando cabezazos y patadas en busca de una grieta que prologara la aparición de un pequeño agujero, que a su vez desvelara la inminencia de un boquete por el que, pico en mano, atravesar la barrera. Estuvo muy cerca de pasar de nivel. Pero cada vez que lo rozaba se consumía su última vida. Y a empezar de nuevo.
Había buenas noticias. El regreso de Banic, el renacer de Recker, defendiendo y anotando. Pero también se amontonaban renglones en la lista negra. Un triple que no entra contestado por uno ruso que se cuela por el aro. Una bandeja errática que enlaza con un contragolpe y mate. Ganas de jurar en arameo. Las mismas que incitaban a dar volatines cuando de inmediato se gestaba la remontada.
Un equipo cautivo
Y así gran parte del encuentro. Se había enjugado el mal estreno, pero había un déficit permanente, que sólo fue rectificdo cuando ya era demasiado tarde. Excelso en el tiro exterior y con una superioridad física inevitable, el Khimki mantenía cautivo al iurbentia desde la línea de tres. Magia rusa. Siete dianas en dieciséis disparos frente a dos tocados y once aguas para los de La Casilla. Así, imposible.
En la reanudación un calco. La injusta realidad. El 'kalinka' resonaba cada vez con más fuerza en el sector amarillo de las gradas. Entre la marea negra no se mascullaba ningún atisbo de rendición. Matar o morir matando. No hay otro remedio. La apuesta a punto estuvo de surtir efecto. Dos veces a dos puntos. Era la oportunidad. Posiblemente la única. Juego interior como recurso y espacio aéreo cerrado a cal y canto. Gigantes rusos en el más amplio sentido de la expresión. Inaccesibles por alto.
Balas de fogueo
Para colmo de males, las balas de fogueo coincidieron con el cambio de cargador de Carlos Delfino. El argentino de Santa Fe desenterró al matador de Toronto. Tres mandoblazos seguidos. Punto final. A veces sí queda de manifiesto el por qué del mercado de valores. El kilo de talento del ex campeón del mundo y olímpico puede estar justificado. Eso pensarán hoy, antes de la final, los magnates del conjunto moscovita.
Quedó el consuelo del miedo, de la última intentona de susto. Javi Salgado tardó pero vio el aro en lontananza. Tres triples. A seis, a cinco, a cuatro puntos. La Casilla botaba unida, esperanzada, en el Palaisozaki. Y lo siguió haciendo cuando se consumó la derrota. A eso, en Vizcaya, se le llama orgullo.
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