o resulta sencillo emitir un juicio definitivo sobre los resultados de la cumbre del G-20 y, menos aún, adivinar cuáles serán las consecuencias de los acuerdos logrados y de las medidas anunciadas. En un principio, hay tanta necesidad de confianza y tanta ansia de consenso que un análisis excesivamente crítico corre el riesgo de ser acusado por Zapatero de «antipatriota mundial». Si nos fijamos en las declaraciones efectuadas por los líderes asistentes, no cabe sino adoptar una postura alegre y optimista. Los comunicados rebosan entusiasmo por todas sus costuras y eso está muy bien, pues llevamos tanto tiempo oyendo miserias que resulta reconfortante escuchar alegrías.
Lo accesorio acaba convirtiéndose en fundamental. Necesitamos recuperar la confianza en el futuro, pues sin ella no habrá salida para la crisis. Sólo con entusiasmo y confianza podremos evitar caer en la deflación y podremos iniciar la senda de la recuperación de la demanda. Y ver a los líderes mundiales satisfechos y unidos, y escuchar sus parabienes, son dos ingredientes básicos para reestablecer un nivel mínimo de confianza.
Luego vienen los hechos. Los acuerdos finales son una perfecta síntesis de las dos posturas enfrentadas. Se añade dinero a la caldera, y se hace en proporciones gigantescas, como querían Estados Unidos, Reino Unido y Japón; y se establecen nuevos y más rigurosos controles de los mercados financieros como exigían Francia y Alemania. Empezando por la segunda parte, la nueva regulación necesita más concreción. El enunciado es impecable: «El fortalecimiento de la regulación y de la supervisión debe promover el decoro, la integridad y la transparencia; proteger frente al riesgo...; amortiguar en lugar de amplificar el ciclo...; reducir la dependencia de fuentes de financiación indebidamente arriesgadas; y desincentivar la excesiva asunción de riesgos. Los reguladores deben proteger a los consumidores y a los inversores, apoyar la disciplina del mercado...». Seguro que la regulación actual tenía idénticos objetivos, así que las diferencias reales habrá que buscarlas en su concreción. De todas formas y en el mejor de los casos, esto nos protegerá en el futuro, pero no podrá aliviarnos en el presente.
El alivio tenemos que buscarlo en la primera parte. Yo, aquí, me pierdo con las cifras y soy incapaz de determinar en qué medida los dineros consignados para el Fondo Monetario Internacional van a reflejarse en la entrada de pedidos de una empresa del sector auxiliar del automóvil; que es, precisamente, lo que necesitamos. O cómo consigue que vuelvan a consumir los millones de personas que mantienen su empleo, pero han restringido sus gastos de manera drástica.
En resumen, con su comunicado final, la cumbre ha salvado la cara. Ahora tenemos que ver si nos salva también los muebles. De momento, la Bolsa ha calificado el resultado con un sobresaliente y se permitió un «subidón» de envergadura. Pues eso, como la Bolsa se equivoca poco con estas cosas, sean ustedes optimistas.
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