Invadidos por la pena, la emoción y la nostalgia, miles de simpatizantes y también adversarios esperaban ayer su turno para acceder al Senado argentino y dar el último adiós al ex presidente Raúl Alfonsín (1983-1989), fallecido el martes -madrugada de ayer en España- a los 82 años. Su convicción para juzgar a los ex comandantes de la dictadura fue el gesto más recordado de su coraje. Sus restos serán sepultados hoy.
«Con la democracia se come, se educa, se cura» era su promesa electoral más repetida en 1983, cuando millones de argentinos fueron llamados a las urnas para dejar atrás la pesadilla de la dictadura militar (1976-1983). El sueño desarrollista lo cumplió a medias. Pero en el camino se erigió en la figura que mejor simboliza el retorno a la democracia.
Alfonsín padecía desde hacía un año cáncer de pulmón con metástasis ósea. Esta semana su cuadro se complicó con una neumonía que le llevó a la muerte en su apartamento de Buenos Aires. Médicos y allegados aseguran que estuvo lúcido hasta el final.
El público comenzó a aglomerarse con velas en la puerta del edificio. Acongojados, sus críticos destacaron que fue un hombre honesto que pasó por el poder sin enriquecerse. A diferencia de sus sucesores, Alfonsín no tuvo que rendir cuentas ante la justicia federal por corrupción. «Nunca podrán acusarme de nada», confiaba en un reportaje poco antes de morir.
Al velatorio se acercó el también ex presidente Carlos Menem (1989-1999), sus ex colegas de Brasil, Fernando Enrique Cardoso, y Uruguay, Julio María Sanguinetti. También confirmó que acudirá a su funeral el actual mandatario del país vecino, Tabaré Vázquez.
Desde Londres, la presidenta, Cristina Fernández, que participa en la cumbre del G-20, reconoció en su antecesor a un hombre «firme en sus convicciones, con el que teníamos diferencias pero que defendía sus ideas de manera digna». Fernández volverá un día antes de lo previsto para acompañar a la familia. Entretanto, pidió que se decrete un duelo nacional de tres días.
Consciente de la popularidad de Alfonsín, la máxima dirigente le homenajeó en octubre en la Casa Rosada, sede de la presidencia. «Hay que hacerlos en vida», le dijo al ex mandatario, al que describió como «símbolo del retorno de la democracia». Alfonsín aceptó. No obstante, lamentó que sus ambiciones estén pendientes. «Tenemos libertad, pero no igualdad», reflexionó.
Nacido el 12 de marzo de 1927 en Chascomús, provincia de Buenos Aires, Alfonsín se volcó en la política a los 18 años como militante de la Unión Cívica Radical (UCR). Tras licenciarse en Derecho fue diputado por su región y activista de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos que defendía a presos políticos. El 30 de octubre de 1983, con casi el 52% de votos, ganó las presidenciales con una campaña que se basó en una necesaria pedagogía sobre valores republicanos olvidados. El triunfo fue celebrado por millones de argentinos. Era el fin de la pesadilla militar y el comienzo de un sueño democrático.
Proceso a los militares
Durante su gestión, empujó la ley de divorcio, propició un plebiscito para evitar una guerra con Chile y firmó la integración con Brasil. Había prometido juzgar a los dictadores y lo hizo. Creó una comisión de notables para investigar los crímenes de la dictadura cuyo informe sirvió de base para condenar a los ex comandantes.
Pero la paz y la justicia duraron poco. Acosado por militares que se sublevaban contra la ofensiva, Alfonsín pidió la sanción de dos leyes que liberaron de proceso a miles de uniformados. Sólo los ex jerarcas siguieron en prisión y poco después, Carlos Menem, su sucesor, los indultó. Según él mismo recordó poco antes de morir, había logrado llegar más lejos que ningún otro país que se libró de una dictadura, pero volvió sobre sus pasos.
Además de por el Ejército, Alfonsín se vio acosado por una economía que heredó en bancarrota y desembocó en una inflación que llegó a los cuatro dígitos. «La gente pensó que lograda la libertad iba a encontrar la solución a todos sus problemas y la crisis dijo 'no'», reconoció después. La Confederación General del Trabajo, poderoso ariete del entonces opositor Partido Justicialista, hizo catorce huelgas generales durante su Administración. Parecía el capitán de un barco siempre a punto de naufragar. No obstante, su gran frustración devino de una idea peregrina. Quiso y no pudo trasladar la capital argentina a Viedma, una ciudad situada 960 kilómetros al sur de Buenos Aires. En 1989, con Menem ya triunfante, aumentaron las presiones para anticipar la sucesión. Y Alfonsín aceptó abandonar el poder seis meses antes de acabar su mandato.