Hasta una quincena de ertzainas tuvieron que intervenir ayer para que la familia supuestamente «conflictiva» procedente de Sestao se pudiera instalar en el piso que el Gobierno vasco le ha concedido en La Arboleda. Casi un centenar de vecinos se negaron a facilitar un realojo contra el que luchan encolerizados desde hace ya cinco meses protagonizando una sentada frente a la puerta de acceso a la vivienda. Uno a uno, y por relevos, los agentes los fueron sacando en volandas en presencia de una muchedumbre que alentaba a los manifestantes con palabras de ánimo. «¡Ése es mi hijo!», decía orgullosa una madre mientras dos policías lo llevaban en brazos. Pasados los momentos de tensión que propició la intervención policial, los responsables de Sestao Berri, la sociedad pública encargada de gestionar el traslado, daban por cumplida su misión. Sin embargo, no desvelaron hasta cuándo se mantendrá la vigilancia en la zona.
«¡Nos han sacado como si fuéramos ganado!», se quejaba Isa, una vecina a la que la Ertzaintza pidió su documentación tras evacuarla del edificio. Aún así, los residentes se mostraron pacíficos y no opusieron mayor resistencia, lo que no hizo necesario el uso de la fuerza por parte de la Policía. «Les hemos sacado y se les ha identificado, pero no se ha detenido a nadie», reveló un agente tras la operación.
Minutos antes, en torno a las nueve de la mañana, la situación no parecía tan clara. La Ertzaintza había acordonado el bloque de viviendas en el que se ubica el piso y se dirigía a la primera teniente de alcalde de Trapagaran, Pilar Souto, para pedirle que mediara en el conflicto y tratara de calmar los ánimos. «Si no les convence para que salgan vamos a entrar y va a haber personas heridas y detenidos», le advertían.
Aunque la edil logró persuadir a varios vecinos para que abandonaran el edificio por su propio pie, la mayoría se quedó dentro. «Habíamos bloqueado la puerta con una cuerda, pero cuando vimos a la Policía decidimos quitarla. Llamaron al portero y, tras preguntarnos qué hacer, uno de los propietarios les abrió el portal», relataba un manifestante, que vivirá «puerta con puerta» con la familia llegada de Sestao. «Cuando me concedieron el piso de alquiler social pensaba que me había tocado la lotería, pero ahora veo que lo que me ha tocado es el 'gordo'», lamentó.
Toque de campanas
La organización de los vecinos superó con mucho lo esperado. No en vano, desde el lunes realizaban patrullas las 24 horas del día frente a la vivienda para asegurarse de que nadie accedía a ella sin advertirlo. Por eso, cuando se percataron de que varios efectivos de la Ertzaintza comenzaban a acordonar la zona y a impedir el paso de los residentes decidieron dar la alarma, haciendo repicar las campanas de la iglesia. «Cuando suenan ya están todos los vecinos avisados de que pasa algo y que tienen que venir al edificio», explicaba la mujer que activó el sistema.
Obedeciendo a la llamada de las campanas, más de un centenar de vecinos se congregaron frente al cordón policial durante toda la mañana. Desde allí observaron al 'maestro de oficios' que acudió a derribar la barricada de bloques de cemento con el que alguien había tapiado la puerta el día anterior. También a los técnicos de Sestao Berri, que fueron recibidos con insultos por parte de los residentes en La Arboleda. «Estaréis orgullosos», les recriminaban. Entre ellos Kepa, un hombre que les recordaba una y otra vez: «El piso es nuestro». «Mi hija es de aquí y estuvo cinco años intentando que le concedieran una vivienda protegida, pero parece que hay que ser un delincuente para que te la den», bramó indignado.
Pero la reacción fue peor cuando el matrimonio adjudicatario de la casa hizo acto de presencia. A mediodía, la familia a la que los vecinos atribuyen más de medio centenar de delitos llegó a la vivienda entre insultos y descalificaciones. El mismo recibimiento que brindaron a los técnicos de la sociedad Sestao Berri, que les acompañaban. De hecho, una de las trabajadoras resultó agredida y, pese a contar con escolta policial, sufrió empujones y tirones de pelo. «Van a presentar una denuncia, pero seguirán con la familia aunque les linchen», apuntaron fuentes de la consejería de Vivienda del Gobierno vasco.
La tarde resultó más calmada. Varios operarios se encargaron de trasladar muebles al piso bajo la atenta vigilancia de la Policía. Poco antes de las 19.00 horas, mientras se seguía con la mudanza, la familia salió del domicilio y las patrullas de la Ertzaintza abandonaron la zona.