La comunidad internacional está determinada a conseguir que Afganistán deje de ser un peligro para él mismo y para el resto del mundo. El objetivo de la anterior Administración estadounidense, presidida por George W. Bush, -construir un Estado democrático y próspero, donde a comienzos de la década reinaban prácticas medievales, en un territorio devastado por las guerras- ha sido sometido a una profunda revisión a la baja, cuyos perfiles comenzaron a vislumbrarse ayer en La Haya, en la conferencia sobre el país centroasiático auspiciada por EE UU bajo cobertura de la ONU.
No se habló de acciones militares. Pertenecen a otro ámbito -el de la OTAN o el Pentágono- y serán objeto de consideración en la cumbre que la Alianza celebrará a finales de semana en Estrasburgo y Kehl. De lo que trataron ayer el casi centenar de delegaciones sentadas a la gigantesca mesa del World Forum fue de estrategias civiles para impedir que los logros militares se pierdan en el caos o del vacío que los bombardeos dejan detrás. De formar a policías para actuar en la calle, que combatan a los delincuentes que expolian patrimonios mal guarnecidos. Y de luchar contra el floreciente negocio de la droga que tiene en la amapola afgana el principal proveedor mundial de heroína. Todo en el marco de un plan que se denomina ya oficialmente «regional», en la que el vecino Pakistán se encuentra plenamente contemplado, aunque las acciones bélicas se detengan, oficialmente, en su frontera.
El borrador de comunicado de la cumbre destacaba «la importancia de una lucha decidida contra el terrorismo y la violencia extremista en Afganistán y la eliminación de de santuarios de Al-Qaida y de otras redes terroristas dondequiera que se encuentren». El ministro de Exteriores de Islamabad recordaba que esas operaciones deberían efectuarse «con respeto a la integridad territorial de Pakistán». La semana que viene, según el titular español de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, tendrá lugar en Ankara una reunión de los servicios de información paquistaníes, afganos y turcos para ver la manera de estructurar las nuevas actuaciones contra Al-Qaida.
Moratinos reconoció que se exploran con Francia, Portugal, Italia o Holanda vías para materializar la propuesta gala de enviar unidades de gendarmería (guardias civiles, 'carabinieri') a la zona. Una acción común de la UE parece descartada, porque sería difícil encajar a los nuevos efectivos en la muy compleja estructura de comando desplegada en el país asiático.
La secretaria de Estado de EE UU, Hillary Clinton, abrió formalmente la vía para recortar capacidad ofensiva a los talibanes haciéndose eco de ideas ya expresadas por Obama. «Deberemos apoyar los esfuerzos de Kabul para separar a los extremistas de Al-Qaida y los talibanes de aquellos que se han sumado a sus filas no por convicción, sino por desesperación, que son, de hecho, la mayoría de los que combaten en el bando insurgente», destacó Clinton. Posteriormente, añadió que la cita de La Haya ha sentado las bases para «un nuevo comienzo para el pueblo afgano».
Apoyo europeo y asiático
Además de una «salida honorable» para esos combatientes, lo que constituye una vieja pretensión del presidente afgano, Hamed Karzai, la conferencia se concentró en aspectos como la reconstrucción del país o la formación de policías y el ejercicio de una tutela temporal sobre sus actuaciones. La relevancia que esas acciones cobran en la nueva estrategia de la Administración norteamericana para Afganistán fue muy positivamente acogida por los representantes europeos y asiáticos. El ministro ruso de Exteriores, Sergéi Lavrov, manifestó que «nunca tanto como ahora ha sido necesario un planteamiento global. Necesitamos combinar medidas antiterroristas y socioeconómicas para reconstruir el país. Rusia está dispuesta a participar en este esfuerzo».
Irán, cuya presencia en la conferencia ponía término a treinta años de distanciamiento de EE UU, acogió con satisfacción la idea de que la pacificación de Afganistán requiere el concurso de sus vecinos (como él). Su viceministro de Exteriores, Mohamed Mehdi Ajundzadeh, indicó que «la República Islámica está plenamente preparada para participar en actuaciones destinadas a combatir el tráfico de drogas y a los proyectos de desarrollo y reconstrucción de Afganistán». Independientemente de la animadversión que el régimen chií de Teherán siente por los talibanes, una rama radical del islam suní, las autoridades persas están preocupadas por la llegada de enormes cantidades de droga a su territorio a través de la frontera común.
La conferencia puso presión sobre Karzai. Clinton, aun ponderando el papel del presidente asiático, tuvo palabras duras para «la corrupción, un cáncer tan peligroso para nuestro triunfo a largo plazo como Al-Qaida o los talibanes. Un Gobierno que no aporta nada a su pueblo deviene en la mejor ventanilla de reclutamiento de terroristas».
La Conferencia de La Haya refrendó la nueva estrategia de Obama sobre Afganistán. Pero su desarrollo depende aún de decisiones que deben tomarse en foros como el de la OTAN o la conferencia de donantes del día 17 en Tokio.