La Guerra Civil terminó hace siete décadas, pero ha dejado muchas heridas abiertas. Una de ellas es el «enigmático» accidente ferroviario ocurrido en la localidad sevillana de Alanís de la Sierra que acabó con la vida de ochenta personas, la mayoría presos vascos del bando republicano. La prensa de la época minimizó el suceso y todavía son muchas las incógnitas sobre lo ocurrido en la fatídica noche del 19 de noviembre de 1937, aún en plena contienda. ¿Accidente o sabotaje?
Una productora vasca (Basque Films) se ha sumado a la investigación que inició hace un año la sociedad científica Aranzadi con excavaciones en la localidad sevillana para tratar de localizar los cuerpos en un intento por «recuperar la memoria histórica» de aquel episodio. El documental 'El largo viaje' repasa los tres largos días vividos por los soldados republicanos desde su salida de Bilbao hacia un destino al que «desgraciadamente» nunca llegaron. Ayer por la tarde, decenas de familiares de los fallecidos y desaparecidos en el siniestro se reunieron en la estación de Abando para homenajear a sus allegados en un simbólico y emotivo viaje en tren hasta la localidad de Orduña.
Aún en plena Guerra Civil, la muerte sorprendió a los prisioneros cuando apenas les quedaban unos kilómetros para llegar a la capital hispalense en uno de los miles de traslados de presos organizados por las fuerzas franquistas para que los soldados republicanos realizasen trabajos forzados en diferentes centros repartidos por todos el país. Tras el hundimiento del Frente Norte, más de medio centenar de reclusos vascos fueron obligados a subirse a alguno de esos trenes para ir a trabajar a Sevilla. Nunca llegaron. En la estación de Alanís de la Sierra, el tren de mercancías en el que eran transportados chocó contra una locomotora y más de ochenta de ellos perdieron la vida. De los 57 presos vascos fallecidos, 32 pudieron ser identificados, mientras que del resto nunca más se supo.
Las causas del siniestro no se han esclarecido. Aunque el accidente fue muy comentado entre todos los habitantes de la sierra sevillana, apenas hay rastros de las pesquisas realizadas por el ejército. El Boletín Oficial de la provincia dio por finalizada la investigación en 1943. Pese a que las conclusiones hablan de un fallo humano o le echan la culpa a los frenos, existe la leyenda de que pudo haberse tratado de un sabotaje.
ROMUALDO ROYO
Superviviente del accidente
«Salvé la vida de cuatro vecinos»
Romualdo Royo Jáuregui es el único superviviente del accidente ocurrido en Alanís de la Sierra que sigue con vida. A sus 97 años y con una memoria prodigiosa, este vecino de Getxo -aunque nacido en el barco de vapor 'Antequera'- recuerda la noche del siniestro como si ocurriese ayer mismo. «El choque se produjo a las nueve de la noche. Estoy seguro porque el golpe paró mi reloj a esa hora», explica. Romualdo y sus compañeros fueron conducidos en tren desde Laredo a la Universidad de Deusto, de ahí a Zaragoza y desde la capital maña a Sevilla.
Parece ser que que al llegar a la estación sevillana de Cazalla de la Sierra el tren cambió el orden de los vagones en los que viajaban los prisioneros y continuó hacia Alanís, donde se empotró contra una locomotora. «Logré salvar a cuatro vecinos. El tren estaba destrozado, pero enseguida vinieron a recogernos para llevarnos a la cárcel. Sobrevivimos 18 personas», señala mientras se sorprende por su privilegiada memoria. Nadie les informó sobre las posibles causas del accidente. «Nada».
Al día siguiente, un destacamento al mando del capitán Garrote les llevó a la cárcel de Sevilla, donde ocho de los detenidos, entre ellos Romualdo, estuvieron cuatro meses. Después les trasladaron a Zaragoza, prisión en la que se juntaron un grupo de unos ocho vascos y formaron «un equipo deportivo y otro de teatro». «Es que me da la risa cuando me acuerdo», bromea. Romualdo llegó a ser subcampeón de España de boxeo. Tras pasar por la prisión de Huesca y la de Barcelona, Royo fue devuelto a casa.
El homenaje realizado ayer por los familiares y amigos de los desaparecidos en el accidente de Alanís le hizo «muchísima ilusión». Con los ojos vidriosos por la emoción, Romualdo se subió ayer al tren rumbo a Orduña después de dos años sin alejarse del entorno de su casa.
MARIBEL ARANOA
Sobrina de uno de los desaparecidos
«Estoy convencida de que fue un sabotaje»
El tío de Maribel Aranoa es una de las ochenta personas que fallecieron en el accidente de tren ocurrido en Alanís de la Sierra aquella noche de noviembre. Eduardo viajaba en una de las unidades siniestradas junto a varias decenas de soldados leales a la República Española que habían sido seleccionados por el bando franquista para realizar trabajos forzados en la sierra sevillana. «Pertenecía al grupo Kirikiño de los gudaris», recuerda su sobrina.
Maribel, de 65 años, conoció la historia de su tío siendo «bien adulta». «Había oído algo de pequeña, pero poca cosa. En casa nadie hablaba abiertamente de lo ocurrido. Tenían miedo a posibles represalias», explica la sobrina del soldado fallecido. Según la información que ha recopilado, su tío fue encarcelado en El Dueso (Santoña) cuando tenía veinte años. Allí conoció «a una señora de Laredo» con la que meses después se casó. Fue entonces cuando el ejército franquista le seleccionó para ir a trabajar en el parque de recuperación de automóviles de la capital hispalense. Su mujer estaba embarazada. Eduardo nunca conocería a su hijo.
El soldado recorrió el país de punta a punta hacinado en un tren de mercancías «cargado de material de guerra» hasta que se topó de bruces con la muerte en un siniestro del que todavía quedan muchas incógnitas por despejar. «La versión oficial es que fue un accidente, pero yo creo que fue un sabotaje en toda regla», señala Maribel. El cuerpo de su tío todavía está sin identificar, aunque uno de los pocos soldados vascos que logró sobrevivir a la tragedia envío varios objetos personales de Eduardo a su viuda, «lo que demostraría que iba en el tren». Ahora falta saber dónde enterraron su cuerpo.
ARTURO GORBEA
Sobrino de uno de los fallecidos
«La poca información que hay es muy confusa»
Baldomero Gorbea era el segundo de tres hermanos. Nació en la localidad alavesa de Llanteno, pero muy joven se trasladó a la capital vizcaína, donde fundó un comercio de ropa en la calle San Francisco, negocio que todavía existe y que ahora regentan unos familiares. Cuando estalló la Guerra Civil, dejó su trabajo como tendero y se alistó voluntario en el bando republicano. Su sobrino Arturo (44 años) habla de «oídas». El tío Baldomero murió joven. Iba en el tren que se estrelló en Alanís de la Sierra, aunque su nombre no aparece en ningún listado. «Mi abuela puso el tema en manos de un abogado que se trasladó a Sevilla para obtener información sobre lo que había pasado, pero no consiguió averiguar nada. Volvió con las manos vacías y el tema quedó zanjado. En casa se dijo que había sido un choque y de las causas ni se hablaba», explica. Con la «distancia emocional» que le permite el no haber conocido a su tío en persona, cada nuevo dato que se descubre es «un hallazgo» para Arturo, mientras que para su madre «es una pérdida».
«Sabemos que iba en el tren, pero poco más. Apenas hay información sobre el siniestro y la poca que hay es confusa. Yo me inclino a pensar que realmente fue un accidente, porque destrozar un tren es un precio demasiado alto para deshacerse de los enemigos», argumenta Arturo. Tanto su tía Inés, exiliada en Francia, como su padre (gudari) también sufrieron las consecuencias de una guerra que marcó a la familia Gorbea. Siete décadas después, Arturo sigue buscando respuestas.
MARCELO USABIAGA
Prisionero durante 20 años
«He estado en más de 25 cárceles»
Marcelo Usabiaga visitó más de veinticinco cárceles a lo largo de su juventud. San Sebastián, Valencia, Puerto de Santa María, Santoña... «He estado más de dos décadas preso. Cinco veces detenido y dos condenado», explica. Usabiaga pertenecía a las Juventudes Comunistas y luchó en prácticamente todos los frentes. Hizo la campaña de Irún, la batalla de Madrid... Siempre en la sección antiaérea. Marcelo se subió ayer al tren de la memoria con «cientos de recuerdos» agolpándose en su cabeza. «Si yo te contara... He pasado tanto», recordaba. A sus 92 años, asegura que nunca pasó tanto miedo como cuando estuvo encarcelado en Irún, su ciudad natal. «Creía que me iban a fusilar. Al final sólo me dieron una paliza», recuerda, restándole importancia.