E TA es una organización austera que funciona con un presupuesto que ronda los dos millones de euros anuales, procedentes en su práctica totalidad de la extorsión a la que son sometidos los empresarios. La amenaza y la intimidación provocadas mediante atentados como el que ayer sufrió Juan Manuel Arana son los instrumentos de los que se sirve la banda para forzar la voluntad de los industriales y obligarles a pagar al grupo terrorista.
La ausencia de atentados relacionados con la extorsión desde finales de 2005 podía interpretarse como un signo de que el dinero seguía llegando a la banda, que no tenía necesidad de presionar a sus víctimas. La documentación intervenida al dirigente etarra Francisco Javier López Peña en mayo del pasado año reflejaba el cobro de 138.000 euros procedentes de tres empresas, cifra a la que habría que añadir las obtenidas de otras sociedades y personas extorsionadas.
Los ciclos de ingresos económicos de ETA están relacionados con el nivel de atentados contra empresarios. En el año 2000, la banda realizó una campaña de presión intensa que se tradujo en 17 atentados. Ese año, las reservas de dinero con que contaba se cifraron en 1,7 millones de euros, según documentos intervenidos en Francia. La presión se redujo en los dos años siguientes (tres atentados en total) y eso tuvo su reflejo en las cuentas: en 2002 los gastos de la banda -que se mantuvieron en niveles normales, sin superar los dos millones de euros- superaron a los ingresos en 366.000 euros.
A principios de 2004 las reservas eran de 700.000 euros, un millón menos que las contabilizadas cuatro años antes. Los ingresos procedentes de la extorsión volvieron a hundirse ese año: entre enero y agosto se produjo un desfase de 300.000 euros que tuvo que cubrir echando mano de las reservas acumuladas.
Por eso, en 2005 se volvieron a disparar los atentados para salvar el ejercicio y recuperar las reservas diezmadas el año anterior: hubo 18 ataques a lo largo de todo el año. Aunque no se conoce la contabilidad precisa de los años posteriores, cabe sospechar que aquella campaña impulsó la recaudación de los terroristas, ya que desde entonces ETA no había necesitado volver a intimidar con bombas a los extorsionados. Incluso durante la tregua se pudo comprobar que no eran pocos los que accedían a pagar.
Los atentados no reflejan sólo las necesidades económicas de la banda, sino también el nivel de resistencia de los empresarios. Si la organización terrorista se ha visto obligada a volver a poner bombas es señal de que los que resisten al chantaje son más que hace unos meses.