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27.03.09 -

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E l ataque perpetrado por ETA contra la vivienda del empresario vizcaíno Juan Manuel Arana no tiene otro objetivo que el amedrentamiento y la extorsión. Con el artefacto que explotó ayer, la banda terrorista pretende trasladar una amenaza cierta a cuantas personas se sientan susceptibles de verse requeridas al pago del llamado 'impuesto revolucionario'. Pero junto a esta finalidad recaudatoria, con el explosivo empleado en el atentado de Amorebieta los etarras tratan de mantener viva la presión que pende sobre miles de ciudadanos que, o bien ya han sido objeto de su inquina persecutoria, o temen que ETA y sus seguidores puedan cebarse en ellos. Sería ocioso destacar que a la banda terrorista no le importa el perjuicio que cualquier coacción dirigida contra empresarios, y por tanto contra las empresas, causa en un país cuya economía y bienestar se encuentran en estos momentos atenazados por una crisis cuyo calado final se desconoce. Es sabido que el único objetivo que persigue ETA es su propia perpetuación como poder fáctico. Todo lo demás forma parte de sus delirantes proclamas o de las interpretaciones, sincera o fingidamente ingenuas, con las que en demasiadas ocasiones se acaba edulcorando la ignominia etarra.
Seriamente afectada por las disensiones internas y, sobre todo, por el desconcierto generado ante la imposible viabilidad del proyecto etarra y de la izquierda abertzale sometida a su dictado, la banda se ve en la imperiosa necesidad de actuar, porque actuando es como puede acallar las desavenencias y las inquietudes que se manifiestan en su seno y en sus aledaños. Pero la razonable confianza que las instituciones y la sociedad pueden albergar respecto a la irremisible derrota y consiguiente desaparición de la coacción terrorista no puede conducir a un desmesurado optimismo respecto al tiempo que la democracia requerirá para imponerse definitivamente sobre los violentos La seguridad de que la ciudadanía y el Estado de Derecho marchan por el buen camino no debe llevar ni a la sociedad ni a las instituciones a bajar la guardia frente a ETA. Porque su trayectoria ha dejado meridianamente clara su innata capacidad para rehacerse a cuenta de las fisuras que se producen entre los demócratas o gracias a los excesos de confianza en que periódicamente incurren sociedad e instituciones.
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