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EDITORIAL

27.03.09 -

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E l acuerdo alcanzado ayer por el PSE-EE y el PP sienta las bases para encauzar el cambio en Euskadi más allá de la investidura como lehendakari de Patxi López, que asegura el apoyo de los populares, quienes en correspondencia presidirán por primera vez el Parlamento vasco. Por encima del reparto de poder en que se va a traducir el respaldo de la formación de Antonio Basagoiti al candidato socialista para propiciar el histórico relevo en Ajuria Enea, el pacto que ultiman ambos partidos y su plasmación en un documento que concretará el alcance de su colaboración en materias como la lucha antiterrorista, la respuesta institucional frente a la crisis o la política educativa implican una coincidencia que supera la mera declaración de intenciones, para procurar un entendimiento que redunde en la estabilidad del nuevo Ejecutivo. En contraste con la distancia con la que el PSE se posicionó de inicio ante el acuerdo y su posible contenido, las negociaciones han derivado hacia una alianza más sólida y profunda que la que en principio parecía limitarse a permitir que Patxi López se convirtiera en el primer presidente vasco no nacionalista. Al extenderse al ejercicio de la gobernabilidad, favorecerán el sostenimiento del Ejecutivo socialista en minoría. Es precisamente esta dimensión del pacto la que conjurará los riesgos y las acusaciones de frentismo, dado que su contenido rebasará el objetivo inmediato de consumar el relevo de Juan José Ibarretxe al frente del Gobierno de Vitoria.
Los compromisos adquiridos comprometen al PSE, obligado a trasladarlos a la acción política que vaya a desarrollar a partir de la investidura, pero también al PP, en tanto en cuanto se ha mostrado decidido a buscar de sus interlocutores una alianza más duradera que la derivada de la elección presidencial y sus contraprestaciones. Ese empeño de los populares subraya su responsabilidad a la hora de facilitar la estabilidad de las instituciones, máxime cuando encabezarán el Parlamento. Frente a aquellos precedentes en que la presidencia de la Cámara ha evidenciado un escoramiento excesivo hacia los planteamientos más partidistas o los designios del Gobierno, la nueva dirección del Legislativo deberá esforzarse en garantizar su función institucional conjugando el legítimo y democrático juego de las mayorías con el respeto hacia las posiciones de quienes no formen parte de ellas, pero que cuentan con una relevante representación.
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