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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Viernes, 10 febrero 2012

Vizcaya

VIZCAYA

Antiguas fábricas vizcaínas sobreviven al olvido convertidas en viviendas, colegios o equipamientos municipales

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Hasta hace poco el gris de las fábricas no tenía espacio en las postales de Bilbao, pero eso está empezando a cambiar. Siguiendo el ejemplo de ciudades como Berlín, Barcelona o Hamburgo, la villa empieza a tomar conciencia de su valioso patrimonio industrial. La rehabilitación de antiguas instalaciones industriales aparece como un modelo de regeneración urbana cada vez más deseable, en un contexto económico en el que ya no están bien vistos los alardes arquitectónicos firmados por estrellas. En los 90, la piqueta se llevó por delante gran parte de esa herencia, pero aún se mantienen algunos inmuebles que han sobrevivido gracias a su reutilización. Estos son cinco ejemplos que demuestran que se puede modernizar la ciudad sin renunciar a su pasado.
MOTOR DE REGENERACIÓN ECONÓMICA
Pabellón Ilgner
El caso del pabellón Ilgner, uno de los últimos supervivientes de Altos Hornos de Vizcaya, es un ejemplo modélico de reconversión de un viejo equipamiento industrial en un edificio con proyección de futuro. Fue edificado en 1927 para albergar dos grandes grupos de transformación eléctrica, que habían de suministrar energía al nuevo tren de laminación. Realizado en hormigón y con una estética clasicista que le confiere el aspecto de un auténtico «templo de la técnica», el edificio Ilgner es obra del ingeniero Alfonso Peña Boeuf, que ensayó en este proyecto un revolucionario sistema de cimentación. Destinado a acoger maquinaria pesada, resistió bien el paso del tiempo y su aspecto monumental lo salvó del derribo tras el cierre de Altos Hornos.
Su restauración, a cargo del arquitecto José Luis Burgos, se hizo siguiendo los criterios más conservadores. Gracias a ello, en la sala central todavía puede verse parte de la maquinaria Ilgner que da nombre al inmueble, además de los cuadros eléctricos y el puente grúa. Su decoración con puertas de arco rebajado y zócalos de baldosa cerámica da al edificio una calidez poco común en las construcciones industriales. Desde el año 2000 el pabellón acoge el Centro de Desarrollo Empresarial de la Margen Izquierda, donde dan sus primeros pasos proyectos innovadores para revitalizar la zona. Algo más que un vivero de empresas, Ilgner es también un espacio que sirve de escenario a diversos actos sociales, conferencias o exposiciones. Por todo ello, el edificio está considerado como un ejemplo a seguir en la recuperación del patrimonio industrial.
VIVIR EN UN EDIFICIO PIONERO
La Ceres
El edificio de La Ceres fue el primero de toda España que se construyó siguiendo el moderno sistema patentado por François Hennebique. Todos los elementos de su estructura -pilares, vigas, losas, etc.- se realizaron en hormigón armado, lo que convierte al inmueble en un hito de la construcción. Hoy, la fábrica de harinas ha dado paso a un encantador bloque de viviendas en un enclave privilegiado junto a la ría. Los primeros años del siglo XX no fueron buenos para la molinería española. Algunos, como el riojano Toribio de Ugalde, decidieron hacer frente a las dificultades dando un salto hacia adelante y modernizaron sus instalaciones para hacer su industria plenamente competitiva.
De aquel esfuerzo de reconversión nació el edificio de La Ceres. A diferencia de otras industrias que se trasladaron a la periferia, Ugalde decidió aprovechar unos locales que poseía junto a la ría, en pleno corazón de Bilbao, lo que a la larga constriñó su crecimiento e impidió su supervivencia. Obra de Ramon Grotta y Federico de Ugalde, La Ceres se levantó en un tiempo récord, entre octubre de 1899 y mayo de 1900. Su edificación fue seguida con atención por el sector de la construcción y documentada por los técnicos del sistema Hennebique, que la convirtieron en reclamo publicitario para su posterior expansión. La fachada se construyó íntegramente a partir de piezas modulares prefabricadas de piedra artificial. Sus amplios ventanales, su sencillez decorativa y el remate amansardado, poco común en las obras industriales, son sus señas de identidad.
Hace poco más de diez años La Ceres entró en el Inventario General de Patrimonio Cultural Vasco con la categoría de monumento. En 2004 y con el apoyo de Surbisa, se procedió a su rehabilitación para convertir la antigua fábrica en 22 viviendas, un proyecto firmado por el arquitecto bilbaíno Iñaki Aurrecoechea que logró devolver al edificio su aspecto original.
JUEGOS DE NIÑOS EN LA PANADERÍA
El Molino del Pontón
Al final del paseo de los Caños hay una mole de piedra con aspecto carcelario que domina imponente la confluencia del Nervión y el Ibaizabal con la ría. Entre sus muros, que antaño acogieron una de las industrias más potentes de Vizcaya, hoy se oyen los gritos y juegos de los niños de la ikastola Abusu. La del molino del Pontón es la historia de la resurrección de un edificio que se hallaba en un estado de ruina casi total. Construida a finales del XVIII según un ambicioso proyecto del arquitecto Alejo de Miranda, la harinera del Pontón era a su vez la reconversión de un viejo molino bajomedieval en la primera gran panadería industrial que hubo en Vizcaya. Con una plantilla que rondaba los 50 trabajadores, en sus hornos se llegaron a cocer hasta 1,5 millones de libras anuales de pan.
Del complejo original de cuatro edificios sólo ha sobrevivido el más espectacular, la panadería. Las excavadoras echaron abajo el viejo molino en 1987, destruyendo el último vestigio de la molinería hidráulica en Vizcaya. La panadería se mantuvo gracias a la fortaleza de su estructura, que sobrevivió al fuego, a las guerras e incluso al fragor del ferrocarril que cruzaba el interior del edificio a principios del siglo XX.
A finales de los 90 se planteó la posibilidad de dar utilidad a aquellos recios muros que aún resistían el paso del tiempo para transformarlos en un centro de enseñanza. Los arquitectos Federico Arruti y Antón Boyra adaptaron el interior a su nuevo uso y el edificio acoge desde 1997 a los alumnos de la ikastola Abusu que, quizá sin saberlo, juegan y aprenden al abrigo de una de las joyas de la arqueología industrial vizcaína.
APUESTA POR LOS IDIOMAS
Matadero de Barakaldo
En lugares con un pasado fabril tan marcado como Barakaldo, es aún más sorprendente la escasez de edificios industriales que han sido reutilizados. La Escuela de Idiomas se aloja desde 1992 en un antiguo matadero. Obra del arquitecto municipal Alfredo Acebal, el matadero de Barakaldo fue edificado en 1918 para hacer frente a las necesidades de la creciente población de la localidad.
El nuevo equipamiento fue proyectado a imagen del matadero de Mataró, en Barcelona, construido pocos años antes y convertido en una referencia a escala nacional. El complejo constaba de un edificio central destinado a la matanza -el que hoy se mantiene- además de varias construcciones complementarias que alojaban la tripería y los establos. Situado en un lugar demasiado céntrico, el matadero no tardó en ser absorbido por el caso urbano de Barakaldo. A pesar de ello continuó su actividad hasta 1985, pero tras su cierre entró en un estado de deterioro acelerado por el abandono y el vandalismo.
En 1992, los arquitectos A. Rodríguez Badiola y J. Renedo Peral recibieron del Departamento de Educación del Gobierno vasco el encargo de rehabilitar el edificio como sede de la escuela oficial de idiomas. Además de restaurar el exterior, se dividió su interior en dos plantas para adecuarlo al nuevo uso. Gracias a estas obras y a los alumnos de la escuela de idiomas que han vuelto a darle vida, el inmueble se ha salvado de una ruina más que probable. Hoy está integrado en la vida local y enriquece la oferta cultural y educativa de Barakaldo.
UN BARRIO BLANQUEADO CON HARINA
Harino Panadera
Tras años de abandono luciendo una fachada ennegrecida y los cristales rotos, el edificio de Harino Panadera ha recuperado recientemente la blancura de sus mejores tiempos, convertido en sede del Área de Salud y Consumo del Ayuntamiento de Bilbao. La compañía que suministró durante décadas el pan de los bilbaínos nació en 1902 de la fusión de varias harineras que querían hacer frente a una coyuntura económica difícil. Uno de los socios, la Compañía Bilbaína de Molinería y Panificación, aportó sus dos fábricas situadas en el barrio de Irala para poner en marcha una industria que revolucionara el sector.
Del complejo original sólo ha sobrevivido el edificio que acogía la maquinaria para moler el trigo. De una sencillez y modernidad asombrosas en una construcción de principios de siglo, Harino Panadera fue declarada monumento por el Gobierno vasco en 2005. El régimen de protección obtenido abría el camino a su restauración y reutilización, finalmente como sede del Área de Salud y Consumo del Ayuntamiento. La rehabilitación, que ha respetado el aspecto del edificio y ha mantenido íntegra su maquinaria, corrió a cargo del arquitecto Aitor Fernández Oneka y el ingeniero técnico Carlos Fernández Vasallo. Así, los vecinos han recuperado una de sus señas de identidad y la ciudad ha aprovechado su patrimonio industrial para regenerar el barrio.
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