El cambio que parece estar a punto de producirse en el liderazgo del Gobierno vasco suscita, a partes casi iguales y con intensidad casi idéntica, sentimientos de satisfacción y de preocupación. Tales sentimientos no son exclusivos de los partidos que han tomado parte directa en la contienda. Se extienden también a un amplio sector de la sociedad. Es natural que así sea. Al fin y al cabo, fue la idea de cambio la que se erigió en eje movilizador de la campaña electoral, y nada hay más lógico que quienes apostaron por él se alegren en la misma medida en que se entristecen los que a él se resistieron.
Por otro lado, el deseo de cambio, si bien se manifestó con la suficiente holgura como para afectar al liderazgo, no lo hizo de manera tan abrumadora como para hacer desdeñable el contrario de continuidad. Podría decirse, en este sentido, que las urnas dejaron clara la voluntad de recambio, pero apenas dieron indicaciones sobre hasta dónde debería llegar el cambio. La sociedad vasca se encuentra hoy tan dividida como ayer en cuanto a los factores que la han venido tensando en los últimos treinta años.
Por lo que estamos viendo en las negociaciones, los partidos que han recibido el encargo de promover el cambio son plenamente conscientes de esta situación. Tanto socialistas como populares están demostrando tener conciencia del escaso margen que las urnas les han concedido. Se percibe en sus gestos y en sus declaraciones que no se han tomado el proceso de negociación sólo como una pugna por el reparto puro y duro del poder, sino que están abordando también en él, con apreciable sensibilidad, otros aspectos que saben extremadamente delicados en la compleja sociedad vasca. A este respecto, resulta, por contraste con el pasado, especialmente positiva la actitud que el nuevo líder del PP está intentando inculcar en su partido. Modular el alcance del cambio, más que imponerlo por las bravas, parece ser hasta ahora la preocupación principal de ambos grupos negociadores.
Tanta cautela puede resultar excesiva para los más impetuosos. Habría que recordarles a éstos la enorme capacidad de cambio que el mero recambio entraña. El cambio de liderazgo -el recambio- va a producir, en este país, profundas mutaciones. Esto lo ha entendido, mejor que nadie, el partido, por así decirlo, recambiado, que no habría tenido inconveniente, según se informa, en sacrificar los contenidos de su programa, aliándose con cualquiera, a cambio de mantener el liderazgo del Gobierno. Y es que el liderazgo del lehendakari supone, además de un efecto simbólico evidente, la capacidad de orientar, en uno u otro sentido, el discurso político del país, cosa que en absoluto debe desdeñarse en una sociedad tan dada al debate simbólico-emocional como la nuestra. Lo hemos podido comprobar, de manera además extrema, en los últimos diez años, en los que el lenguaje, más que los hechos, ha sido lo que ha condicionado el ambiente político y social. Hacerse con la palabra es tan importante como disponer de la acción. Aquella da sentido a ésta, como el 'mito' explica el 'rito', según nos dice la historia de las religiones.
Cambios los habrá, por supuesto. Pero, si son, como se promete, razonables y se explican, además, con la palabra adecuada, encontrarán mucha menos resistencia en la sociedad que la que auguran quienes a ellos se resisten. Más aún. No sería de extrañar que la cautela de la que están haciendo gala los políticos en estos momentos iniciales se vea desbordada, en un no lejano futuro, por la demanda de una ciudadanía que se sentirá inclinada a sacar a la luz preocupaciones y deseos que ha mantenido hasta ahora ocultos por no considerarlos ni social ni políticamente correctos. No es que, por culpa del recambio en el liderazgo político, la sociedad vaya a hacerse menos nacionalista, sino que, gracias a él, revelará la auténtica medida de su nacionalismo, que no será tan generosa como se da por supuesto. El ejercicio continuado del poder ha creado convenciones sociales que se diluirán, sin que uno sepa muy bien por qué, a las primeras de cambio. Y nunca mejor dicho.
En cualquier caso, si el recambio de liderazgo no resulta efímero sino que se mantiene a lo largo de toda la legislatura gracias a la razonabilidad de su propia acción gubernamental, el principal cambio que se producirá en la sociedad no será uno que pueda evaluarse mediante mediciones de avances tangibles en este o aquel sector de la actividad, sino otro de mucha mayor envergadura. Habrá desaparecido, en efecto, el actual miedo al cambio, y la posibilidad de la alternancia habrá dejado de ser un hecho dramático para convertirse en natural. Sería un inmenso avance en la normalización.